Manuel necesita estar ocupado. De lo contrario, le parece que su vida no tiene sentido, está perdiendo el tiempo, la sociedad no lo necesita, nadie lo ama, nadie lo quiere.
Así, pues, en cuanto se despierta, tiene una serie de tareas: ver el telediario (puede haber ocurrido algo durante la noche), leer el periódico (puede haber ocurrido algo durante el día de ayer), pedir a su mujer que no deje a los niños llegar tarde a la escuela, coger un coche, un taxi, un autobús, un metro, pero siempre concentrado, mirando al vacío, mirando el reloj, llamando por su teléfono móvil, a ser posible... y procurando al máximo que todo el mundo vea que es un hombre importante, útil para el mundo.
Manuel llega al trabajo, se inclina sobre el papelamen que lo espera. Si es un empleado, hace todo lo posible para que el jefe vea que ha llegado a la hora. Si es patrón, pone a todos a trabajar inmediatamente; en caso de que no haya tareas importantes, Manuel irá desarrollándolas, creándolas: ejecutar un nuevo plan, establecer nuevas líneas de acción.
Manuel va a almorzar, pero nunca solo. Si es patrono, se sienta con sus amigos, debate de nuevas estrategias, habla mal de la competencia, siempre tiene una carta escondida en la manga, se queja (con cierto orgullo) de la sobrecarga de trabajo. Si Manuel es empleado, también se sienta con sus amigos, se queja del jefe, dice que está haciendo muchas horas extraordinarias, afirma con desesperación (y con mucho orgullo) que varias cosas en la empresa depende de él.
Manuel -patrono o empleado- trabaja toda la tarde. De vez en cuando mira el reloj, se acerca la hora de volver a casa, pero falta resolver un detalle aquí, firmar un documento allá. Es un hombre honrado, procura hacerse merecedor de su salario, de las esperanzas de los demás, de los sueños de los padres, que tanto se esforzaron para darle la educación necesaria.
Por último, vuelve a casa. Se da un baño, se pone ropa más cómoda y va a cenar con la familia. Pregunta por los deberes de los hijos, las actividades de su mujer. De vez en cuando habla de su trabajo, sólo para servir de ejemplo, porque no acostumbra a llevarse las preocupaciones a casa. Termina la cena, los hijos -que no están para lecciones, deberes o cosas similares- se levantan en seguida de la mesa y van a colocarse delante del ordenador. Manuel, a su vez, va también a sentarse delante de ese viejo aparato de su infancia, llamado televisión. Vuelve a ver los telediarios (puede haber ocurrido algo por la tarde).
Va acostarse siempre con un libro técnico en la mesilla de la noche; ya sea patrono o empleado, sabe que la competencia es importante y quien no se actualiza corre el riesgo de perder el empleo y tener que afrontar la peor de las maldiciones: quedar desempleado.
Conversa un poco con su mujer; al fin y al cabo, es un hombre amable, trabajador, cariñoso, que cuida de su familia y está listo para defenderla en cualquier circunstancia. El sueño llega en seguida, Manuel se duerme sabiendo que el día siguiente estará muy ocupado y hay que recuperar las energías.
Esa noche Manuel tiene un sueño. Un ángel le pregunta: <<¿Por qué haces eso?>>. Él responde que es un hombre responsable.
El ángel continúa: <<¿Serás capaz de parar un poco, durante al menos quince minutos de tu día, mirar el mundo, mirarte a ti mismo y no hacer nada simplemente?>>. Manuel dice que le encantaría, pero no tiene tiempo para eso. <<Estás muy equivocado -dice el ángel-. Todo el mundo tiene tiempo para eso, lo que falta es valor. Trabajar es una bendición cuando nos ayuda a pensar en lo que estamos haciendo, pero se vuelve una maldición cuando su única utilidad es evitar que pensemos en el sentido de nuestra vida.>>
Manuel se despierta en plena noche con sudor frío. ¿Valor? ¿Cómo es que un hombre que se sacrifica por los suyos no tiene valor para parar quince minutos?
Es mejor dormir de nuevo, sólo ha sido un sueño, esas peguntas no conducen a nada y mañana va a estar muy -pero que muy- ocupado.
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