Pero mi intención aquí no es hablar de moda y sí de libros. Volviendo a lo esencial, decidí mantener sólo cuatrocientos libros en mi biblioteca: unos por razones sentimentales; otros, porque siempre estoy releyéndolos. Adopté esa decisión por varios motivos y uno de ellos es la tristeza de ver que bibliotecas acumuladas cuidadosamente durante una vida eran vendidas después al peso, sin el menor respeto. Otra razón: ¿por qué mantener todos esos volúmenes en casa? ¿Para mostrar a los amigos que soy culto? ¿Para adornar la pared? Los libros que compré serán infinitamente más útiles en la biblioteca pública que en mi casa.
Claro, que continúo comprando libros: no existe un medio electrónico que consiga sustituirlos. Pero, en cuanto los termino, dejo que viajen, los regalo a alguien o los entrego en la biblioteca pública. Mi intención no es la de salvar bosques o la de ser generoso: sólo creo que un libro tiene un recorrido propio y no puede ser condenado a permanecer inmóvil en un estante.
Dejemos, pues, que nuestros libros viajen, sean tocados por otras manos y disfrutados pos ojos ajenos.
Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos.
Hay un espejo que me ha visto por última vez.
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.

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