miércoles, 13 de marzo de 2013

El momento de la aurora


 Un rabino reunió a sus alumnos/as y preguntó:

 - ¿Cómo sabemos el momento exacto en que acaba la noche y comienza el día?

- Cuando, a distancia, podemos distinguir una oveja de un cachorro -dijo un niño.

- La verdad es -dijo una alumna- que sabemos que ya es de día cuando podemos distinguir, a distancia, un olivo de una higuera.

- No es una buena definición.

- Entonces, ¿cuál es la respuesta? -preguntaron.

- Y el rabino dijo:

- Cuando se acerca un extraño, lo confundimos con nuestro hermano y los conflictos desaparecen: ése es el momento en que ha acabado la noche y comienza el día.

Restaurar la tela



 En Nueva York, voy a tomar té al final de la tarde con una artista bastante poco común. Trabaja en un banco en Wall Street, pero cierto día tuvo un sueño: necesitaba ir a doce lugares del mundo y en cada uno de ellos hacer un trabajo de pintura y escultura en la propia naturaleza.

 Hasta ahora, ya ha conseguido realizar cuatro de esos trabajos. Me muestra las fotos de uno de ellos: un indio esculpido en una caverna en California. Mientras espera las señales mediante los sueños, sigue trabajando en el banco: así consigue dinero para viajar y realizar su tarea.

 Le pregunto por qué lo hace.

 - Para mantener el mundo en equilibrio -responde-. Puede parecer una tontería, pero existe algo tenue, que nos une a todos y que podemos mejorar o empeorar a medida que vamos actuando. Podemos salvar o destruir muchas cosas con un simple gesto que a veces parece absolutamente inútil.

 >> Puede ser incluso que mis sueños sean una tontería, pero no quiero correr el riesgo de no seguirlos: para mí, las relaciones entre los seres humanos son iguales a una inmensa y frágil tela de araña. Con mi trabajo, estoy intentando remendar alguna parte de esa tela.

domingo, 3 de marzo de 2013

De libros y bibliotecas




 Pero mi intención aquí no es hablar de moda y sí de libros. Volviendo a lo esencial, decidí mantener sólo cuatrocientos libros en mi biblioteca: unos por razones sentimentales; otros, porque siempre estoy releyéndolos. Adopté esa decisión por varios motivos y uno de ellos es la tristeza de ver que bibliotecas acumuladas cuidadosamente durante una vida eran vendidas después al peso, sin el menor respeto. Otra razón: ¿por qué mantener todos esos volúmenes en casa? ¿Para mostrar a los amigos que soy culto? ¿Para adornar la pared? Los libros que compré serán infinitamente más útiles en la biblioteca pública que en mi casa.

 Claro, que continúo comprando libros: no existe un medio electrónico que consiga sustituirlos. Pero, en cuanto los termino, dejo que viajen, los regalo a alguien o los entrego en la biblioteca pública. Mi intención no es la de salvar bosques o la de ser generoso: sólo creo que un libro tiene un recorrido propio y no puede ser condenado a permanecer inmóvil en un estante.

 Dejemos, pues, que nuestros libros viajen, sean tocados por otras manos y disfrutados pos ojos ajenos.  

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos.
Hay un espejo que me ha visto por última vez.
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.

Manuel es un hombre libre

 Manuel trabaja treinta años sin parar, educa a sus hijos, da buen ejemplo, dedica todo el tiempo al trabajo y nunca pregunta: <<¿Tendrá sentido lo que estoy haciendo?>>. Su única preocupación es la de que cuanto más ocupado esté, más importante será para la sociedad.

 Sus hijos crecen y se van de casa, en el trabajo lo ascienden y llega un día en que recibe un reloj o una estilográfica como recompensa por todos esos años de dedicación, los amigos derraman algunas lágrimas y llega el momento tan esperado: está jubilado, ¡libre para hacer lo que quiera!

 En los primeros meses, visita una vez que otra la oficina en la que trabajó, conversa con los antiguos amigos y se da el gusto de hacer algo con lo que siempre soñó: levantarse más tarde de la cama. Se pasea por la playa o en la ciudad, tiene su casa de campo comprada con mucho sudor, descubre la jardinería y poco a poco se va adentrando en el misterio de las plantas y las flores. Manuel tiene tiempo, todo el tiempo del mundo. Viajar con parte del dinero que consiguió ahorrar. Visita museos, aprende en dos horas lo que pintores y escultores de diferentes épocas necesitaron siglos para desarrollar, pero al menos tiene la sensación de estar aumentando su cultura. Saca muchos centenares, millares, de fotos y las manda a sus amigos: al fin y al cabo, ¡deben enterarse de lo feliz que es!

 Pasan otros meses. Manuel descubre que el jardín no sigue exactamente las mismas reglas que el hombre: lo que plantó tarda en crecer y de nada sirve intentar ver si el rosal ya tiene botones. En un momento de reflexión sincera, descubre que lo único que vio en sus viajes fue un paisaje por la parte de fuera del autobús de turismo, monumentos que ahora están guardados en fotos de 15 x 20, pero la verdad es que no consiguió sentir ninguna emoción especial: estaba más interesado en contar a sus amigos que en vivir la experiencia mágica de estar en un país extranjero.

 Sigue viendo todos los telediarios, lee más periódicos (porque tiene más tiempo), se considera una persona extraordinariamente bien informada, apta para hablar de cosas que antes no tenía tiempo de estudiar.

 Busca a alguien para compartir sus opiniones, pero todos están inmersos en el rió de la vida, trabajando, haciendo alguna cosa, envidiando a Manuel por su libertad y al mismo tiempo contentos de ser útiles a la sociedad y estar <<ocupados>> con alguna cosa importante.

 Manuel busca consuelo en los hijos. Éstos lo tratan siempre con mucho cariño: fue un padre excelente, un ejemplo de honradez y dedicación, pero también ellos tienen otras preocupaciones, aunque consideren un deber participar en el almuerzo del domingo.

 Manuel es un hombre libre, con una situación financiera razonable, bien informado, con un pasado impecable, pero, ¿y ahora? ¿Qué hacer con esa libertad tan arduamente conquistada? Todos lo felicitan, lo elogian, pero nadie tiene tiempo para él. Poco a poco, Manuel empieza a sentirse triste, inútil... a pesar de los muchos años pasados sirviendo al mundo y a su familia.

 Una noche, aparece un ángel en su sueño: <<¿Qué has hecho con tu vida? ¿Has procurado vivirla de acuerdo con tus sueños?>>.

 Manuel se despierta con sudor frío. ¿Qué sueños? Su sueño era ése: tener un diploma, casarse, tener hijos, educarles, jubilarse, viajar. ¿Por qué se pone el ángel a preguntar cosas sin sentido?

 Comienza un nuevo y largo día. Los periódicos, el telediario, el jardín, el almuerzo, dormir un poco, hacer lo que le apetece... y en ese momento descubre que no le apetece hacer nada. Manuel es un hombre libre y triste, a un paso de la depresión, porque esta demasiado ocupado para pensar en el sentido de su vida, mientras los años corrían por debajo del puente. Recuerda dos versos de un poeta: <<Pasó por la vida / sin vivir>>.

 Pero, como es demasiado tarde para aceptar eso, mejor cambiar de asunto. La libertad, tan duramente conseguida, no pasa de ser un exilio disfrazado.

viernes, 1 de marzo de 2013

Manuel es un hombre importante y necesario

 Manuel necesita estar ocupado. De lo contrario, le parece que su vida no tiene sentido, está perdiendo el tiempo, la sociedad no lo necesita, nadie lo ama, nadie lo quiere.

 Así, pues, en cuanto se despierta, tiene una serie de tareas: ver el telediario (puede haber ocurrido algo durante la noche), leer el periódico (puede haber ocurrido algo durante el día de ayer), pedir a su mujer que no deje a los niños llegar tarde a la escuela, coger un coche, un taxi, un autobús, un metro, pero siempre concentrado, mirando al vacío, mirando el reloj, llamando por su teléfono móvil, a ser posible... y procurando al máximo que todo el mundo vea que es un hombre importante, útil para el mundo.

 Manuel llega al trabajo, se inclina sobre el papelamen que lo espera. Si es un empleado, hace todo lo posible para que el jefe vea que ha llegado a la hora. Si es patrón, pone a todos a trabajar inmediatamente; en caso de que no haya tareas importantes, Manuel irá desarrollándolas, creándolas: ejecutar un nuevo plan, establecer nuevas líneas de acción.

 Manuel va a almorzar, pero nunca solo. Si es patrono, se sienta con sus amigos, debate de nuevas estrategias, habla mal de la competencia, siempre tiene una carta escondida en la manga, se queja (con cierto orgullo) de la sobrecarga de trabajo. Si Manuel es empleado, también se sienta con sus amigos, se queja del jefe, dice que está haciendo muchas horas extraordinarias, afirma con desesperación (y con mucho orgullo) que varias cosas en la empresa depende de él.

 Manuel -patrono o empleado- trabaja toda la tarde. De vez en cuando mira el reloj, se acerca la hora de volver a casa, pero falta resolver un detalle aquí, firmar un documento allá. Es un hombre honrado, procura hacerse merecedor de su salario, de las esperanzas de los demás, de los sueños de los padres, que tanto se esforzaron para darle la educación necesaria.

 Por último, vuelve a casa. Se da un baño, se pone ropa más cómoda y va a cenar con la familia. Pregunta por los deberes de los hijos, las actividades de su mujer. De vez en cuando habla de su trabajo, sólo para servir de ejemplo, porque no acostumbra a llevarse las preocupaciones a casa. Termina la cena, los hijos -que no están para lecciones, deberes o cosas similares- se levantan en seguida de la mesa y van a colocarse delante del ordenador. Manuel, a su vez, va también a sentarse delante de ese viejo aparato de su infancia, llamado televisión. Vuelve a ver los telediarios (puede haber ocurrido algo por la tarde).

 Va acostarse siempre con un libro técnico en la mesilla de la noche; ya sea patrono o empleado, sabe que la competencia es importante y quien no se actualiza corre el riesgo de perder el empleo y tener que afrontar la peor de las maldiciones: quedar desempleado.

 Conversa un poco con su mujer; al fin y al cabo, es un hombre amable, trabajador, cariñoso, que cuida de su familia y está listo para defenderla en cualquier circunstancia. El sueño llega en seguida, Manuel se duerme sabiendo que el día siguiente estará muy ocupado y hay que recuperar las energías.

 Esa noche Manuel tiene un sueño. Un ángel le pregunta: <<¿Por qué haces eso?>>. Él responde que es un hombre responsable.

 El ángel continúa: <<¿Serás capaz de parar un poco, durante al menos quince minutos de tu día, mirar el mundo, mirarte a ti mismo y no hacer nada simplemente?>>. Manuel dice que le encantaría, pero no tiene tiempo para eso. <<Estás muy equivocado -dice el ángel-. Todo el mundo tiene tiempo para eso, lo que falta es valor. Trabajar es una bendición cuando nos ayuda a pensar en lo que estamos haciendo, pero se vuelve una maldición cuando su única utilidad es evitar que pensemos en el sentido de nuestra vida.>>

 Manuel se despierta en plena noche con sudor frío. ¿Valor? ¿Cómo es que un hombre que se sacrifica por los suyos no tiene valor para parar quince minutos?

 Es mejor dormir de nuevo, sólo ha sido un sueño, esas peguntas no conducen a nada y mañana va a estar muy -pero que muy- ocupado.

Contemplando el jardín ajeno


 <<Da al tonto mis inteligencias y sólo querrá la suya>>, dice un proverbio árabe.

 Comenzamos a plantar el jardín de nuestra vida y, cuando miramos al lado, reparamos en que el vecino está ahí, espiando. Él es incapaz de hacer nada, pero le gusta ofrecer ocurrencias disparatadas sobre cómo sembramos nuestras acciones, plantamos nuestros pensamientos, regamos nuestras conquistas.

 Si prestamos atención a lo que él dice, acabamos trabajando para él y el jardín de nuestra vida será el del vecino. Acabaremos olvidando la tierra cultivada con tanto sudor, fertilizada con tantas bendiciones. Olvidaremos que cada centímetro de tierra tiene sus meritos y sólo la paciente mano del jardinero puede descifrarlos. No vamos a prestar atención al sol, a la lluvia y a las estaciones... para centrarnos sólo en esa cabeza que nos espía por encima de la cerca.

 El tonto al que encanta ofrecernos opiniones disparatas sobre nuestro jardín nunca cuida sus plantas.