miércoles, 13 de marzo de 2013

El momento de la aurora


 Un rabino reunió a sus alumnos/as y preguntó:

 - ¿Cómo sabemos el momento exacto en que acaba la noche y comienza el día?

- Cuando, a distancia, podemos distinguir una oveja de un cachorro -dijo un niño.

- La verdad es -dijo una alumna- que sabemos que ya es de día cuando podemos distinguir, a distancia, un olivo de una higuera.

- No es una buena definición.

- Entonces, ¿cuál es la respuesta? -preguntaron.

- Y el rabino dijo:

- Cuando se acerca un extraño, lo confundimos con nuestro hermano y los conflictos desaparecen: ése es el momento en que ha acabado la noche y comienza el día.

Restaurar la tela



 En Nueva York, voy a tomar té al final de la tarde con una artista bastante poco común. Trabaja en un banco en Wall Street, pero cierto día tuvo un sueño: necesitaba ir a doce lugares del mundo y en cada uno de ellos hacer un trabajo de pintura y escultura en la propia naturaleza.

 Hasta ahora, ya ha conseguido realizar cuatro de esos trabajos. Me muestra las fotos de uno de ellos: un indio esculpido en una caverna en California. Mientras espera las señales mediante los sueños, sigue trabajando en el banco: así consigue dinero para viajar y realizar su tarea.

 Le pregunto por qué lo hace.

 - Para mantener el mundo en equilibrio -responde-. Puede parecer una tontería, pero existe algo tenue, que nos une a todos y que podemos mejorar o empeorar a medida que vamos actuando. Podemos salvar o destruir muchas cosas con un simple gesto que a veces parece absolutamente inútil.

 >> Puede ser incluso que mis sueños sean una tontería, pero no quiero correr el riesgo de no seguirlos: para mí, las relaciones entre los seres humanos son iguales a una inmensa y frágil tela de araña. Con mi trabajo, estoy intentando remendar alguna parte de esa tela.

domingo, 3 de marzo de 2013

De libros y bibliotecas




 Pero mi intención aquí no es hablar de moda y sí de libros. Volviendo a lo esencial, decidí mantener sólo cuatrocientos libros en mi biblioteca: unos por razones sentimentales; otros, porque siempre estoy releyéndolos. Adopté esa decisión por varios motivos y uno de ellos es la tristeza de ver que bibliotecas acumuladas cuidadosamente durante una vida eran vendidas después al peso, sin el menor respeto. Otra razón: ¿por qué mantener todos esos volúmenes en casa? ¿Para mostrar a los amigos que soy culto? ¿Para adornar la pared? Los libros que compré serán infinitamente más útiles en la biblioteca pública que en mi casa.

 Claro, que continúo comprando libros: no existe un medio electrónico que consiga sustituirlos. Pero, en cuanto los termino, dejo que viajen, los regalo a alguien o los entrego en la biblioteca pública. Mi intención no es la de salvar bosques o la de ser generoso: sólo creo que un libro tiene un recorrido propio y no puede ser condenado a permanecer inmóvil en un estante.

 Dejemos, pues, que nuestros libros viajen, sean tocados por otras manos y disfrutados pos ojos ajenos.  

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos.
Hay un espejo que me ha visto por última vez.
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.

Manuel es un hombre libre

 Manuel trabaja treinta años sin parar, educa a sus hijos, da buen ejemplo, dedica todo el tiempo al trabajo y nunca pregunta: <<¿Tendrá sentido lo que estoy haciendo?>>. Su única preocupación es la de que cuanto más ocupado esté, más importante será para la sociedad.

 Sus hijos crecen y se van de casa, en el trabajo lo ascienden y llega un día en que recibe un reloj o una estilográfica como recompensa por todos esos años de dedicación, los amigos derraman algunas lágrimas y llega el momento tan esperado: está jubilado, ¡libre para hacer lo que quiera!

 En los primeros meses, visita una vez que otra la oficina en la que trabajó, conversa con los antiguos amigos y se da el gusto de hacer algo con lo que siempre soñó: levantarse más tarde de la cama. Se pasea por la playa o en la ciudad, tiene su casa de campo comprada con mucho sudor, descubre la jardinería y poco a poco se va adentrando en el misterio de las plantas y las flores. Manuel tiene tiempo, todo el tiempo del mundo. Viajar con parte del dinero que consiguió ahorrar. Visita museos, aprende en dos horas lo que pintores y escultores de diferentes épocas necesitaron siglos para desarrollar, pero al menos tiene la sensación de estar aumentando su cultura. Saca muchos centenares, millares, de fotos y las manda a sus amigos: al fin y al cabo, ¡deben enterarse de lo feliz que es!

 Pasan otros meses. Manuel descubre que el jardín no sigue exactamente las mismas reglas que el hombre: lo que plantó tarda en crecer y de nada sirve intentar ver si el rosal ya tiene botones. En un momento de reflexión sincera, descubre que lo único que vio en sus viajes fue un paisaje por la parte de fuera del autobús de turismo, monumentos que ahora están guardados en fotos de 15 x 20, pero la verdad es que no consiguió sentir ninguna emoción especial: estaba más interesado en contar a sus amigos que en vivir la experiencia mágica de estar en un país extranjero.

 Sigue viendo todos los telediarios, lee más periódicos (porque tiene más tiempo), se considera una persona extraordinariamente bien informada, apta para hablar de cosas que antes no tenía tiempo de estudiar.

 Busca a alguien para compartir sus opiniones, pero todos están inmersos en el rió de la vida, trabajando, haciendo alguna cosa, envidiando a Manuel por su libertad y al mismo tiempo contentos de ser útiles a la sociedad y estar <<ocupados>> con alguna cosa importante.

 Manuel busca consuelo en los hijos. Éstos lo tratan siempre con mucho cariño: fue un padre excelente, un ejemplo de honradez y dedicación, pero también ellos tienen otras preocupaciones, aunque consideren un deber participar en el almuerzo del domingo.

 Manuel es un hombre libre, con una situación financiera razonable, bien informado, con un pasado impecable, pero, ¿y ahora? ¿Qué hacer con esa libertad tan arduamente conquistada? Todos lo felicitan, lo elogian, pero nadie tiene tiempo para él. Poco a poco, Manuel empieza a sentirse triste, inútil... a pesar de los muchos años pasados sirviendo al mundo y a su familia.

 Una noche, aparece un ángel en su sueño: <<¿Qué has hecho con tu vida? ¿Has procurado vivirla de acuerdo con tus sueños?>>.

 Manuel se despierta con sudor frío. ¿Qué sueños? Su sueño era ése: tener un diploma, casarse, tener hijos, educarles, jubilarse, viajar. ¿Por qué se pone el ángel a preguntar cosas sin sentido?

 Comienza un nuevo y largo día. Los periódicos, el telediario, el jardín, el almuerzo, dormir un poco, hacer lo que le apetece... y en ese momento descubre que no le apetece hacer nada. Manuel es un hombre libre y triste, a un paso de la depresión, porque esta demasiado ocupado para pensar en el sentido de su vida, mientras los años corrían por debajo del puente. Recuerda dos versos de un poeta: <<Pasó por la vida / sin vivir>>.

 Pero, como es demasiado tarde para aceptar eso, mejor cambiar de asunto. La libertad, tan duramente conseguida, no pasa de ser un exilio disfrazado.

viernes, 1 de marzo de 2013

Manuel es un hombre importante y necesario

 Manuel necesita estar ocupado. De lo contrario, le parece que su vida no tiene sentido, está perdiendo el tiempo, la sociedad no lo necesita, nadie lo ama, nadie lo quiere.

 Así, pues, en cuanto se despierta, tiene una serie de tareas: ver el telediario (puede haber ocurrido algo durante la noche), leer el periódico (puede haber ocurrido algo durante el día de ayer), pedir a su mujer que no deje a los niños llegar tarde a la escuela, coger un coche, un taxi, un autobús, un metro, pero siempre concentrado, mirando al vacío, mirando el reloj, llamando por su teléfono móvil, a ser posible... y procurando al máximo que todo el mundo vea que es un hombre importante, útil para el mundo.

 Manuel llega al trabajo, se inclina sobre el papelamen que lo espera. Si es un empleado, hace todo lo posible para que el jefe vea que ha llegado a la hora. Si es patrón, pone a todos a trabajar inmediatamente; en caso de que no haya tareas importantes, Manuel irá desarrollándolas, creándolas: ejecutar un nuevo plan, establecer nuevas líneas de acción.

 Manuel va a almorzar, pero nunca solo. Si es patrono, se sienta con sus amigos, debate de nuevas estrategias, habla mal de la competencia, siempre tiene una carta escondida en la manga, se queja (con cierto orgullo) de la sobrecarga de trabajo. Si Manuel es empleado, también se sienta con sus amigos, se queja del jefe, dice que está haciendo muchas horas extraordinarias, afirma con desesperación (y con mucho orgullo) que varias cosas en la empresa depende de él.

 Manuel -patrono o empleado- trabaja toda la tarde. De vez en cuando mira el reloj, se acerca la hora de volver a casa, pero falta resolver un detalle aquí, firmar un documento allá. Es un hombre honrado, procura hacerse merecedor de su salario, de las esperanzas de los demás, de los sueños de los padres, que tanto se esforzaron para darle la educación necesaria.

 Por último, vuelve a casa. Se da un baño, se pone ropa más cómoda y va a cenar con la familia. Pregunta por los deberes de los hijos, las actividades de su mujer. De vez en cuando habla de su trabajo, sólo para servir de ejemplo, porque no acostumbra a llevarse las preocupaciones a casa. Termina la cena, los hijos -que no están para lecciones, deberes o cosas similares- se levantan en seguida de la mesa y van a colocarse delante del ordenador. Manuel, a su vez, va también a sentarse delante de ese viejo aparato de su infancia, llamado televisión. Vuelve a ver los telediarios (puede haber ocurrido algo por la tarde).

 Va acostarse siempre con un libro técnico en la mesilla de la noche; ya sea patrono o empleado, sabe que la competencia es importante y quien no se actualiza corre el riesgo de perder el empleo y tener que afrontar la peor de las maldiciones: quedar desempleado.

 Conversa un poco con su mujer; al fin y al cabo, es un hombre amable, trabajador, cariñoso, que cuida de su familia y está listo para defenderla en cualquier circunstancia. El sueño llega en seguida, Manuel se duerme sabiendo que el día siguiente estará muy ocupado y hay que recuperar las energías.

 Esa noche Manuel tiene un sueño. Un ángel le pregunta: <<¿Por qué haces eso?>>. Él responde que es un hombre responsable.

 El ángel continúa: <<¿Serás capaz de parar un poco, durante al menos quince minutos de tu día, mirar el mundo, mirarte a ti mismo y no hacer nada simplemente?>>. Manuel dice que le encantaría, pero no tiene tiempo para eso. <<Estás muy equivocado -dice el ángel-. Todo el mundo tiene tiempo para eso, lo que falta es valor. Trabajar es una bendición cuando nos ayuda a pensar en lo que estamos haciendo, pero se vuelve una maldición cuando su única utilidad es evitar que pensemos en el sentido de nuestra vida.>>

 Manuel se despierta en plena noche con sudor frío. ¿Valor? ¿Cómo es que un hombre que se sacrifica por los suyos no tiene valor para parar quince minutos?

 Es mejor dormir de nuevo, sólo ha sido un sueño, esas peguntas no conducen a nada y mañana va a estar muy -pero que muy- ocupado.

Contemplando el jardín ajeno


 <<Da al tonto mis inteligencias y sólo querrá la suya>>, dice un proverbio árabe.

 Comenzamos a plantar el jardín de nuestra vida y, cuando miramos al lado, reparamos en que el vecino está ahí, espiando. Él es incapaz de hacer nada, pero le gusta ofrecer ocurrencias disparatadas sobre cómo sembramos nuestras acciones, plantamos nuestros pensamientos, regamos nuestras conquistas.

 Si prestamos atención a lo que él dice, acabamos trabajando para él y el jardín de nuestra vida será el del vecino. Acabaremos olvidando la tierra cultivada con tanto sudor, fertilizada con tantas bendiciones. Olvidaremos que cada centímetro de tierra tiene sus meritos y sólo la paciente mano del jardinero puede descifrarlos. No vamos a prestar atención al sol, a la lluvia y a las estaciones... para centrarnos sólo en esa cabeza que nos espía por encima de la cerca.

 El tonto al que encanta ofrecernos opiniones disparatas sobre nuestro jardín nunca cuida sus plantas.

martes, 22 de enero de 2013

Autorrechazo

 Estaba allí desde el primer momento, 
 en la adrenalina
 que circulaba pos las venas de tus padres
 cuando hacían el amor para concebirte, 
 y después en el fluido
 que tu madre bombeaba a tu pequeño corazón
 cuando todavía eras sólo un parásito.

 Llegué a ti antes de que pudieras hablar, 
 antes aún de que pudieras entender algo
 de lo que los demás te decían.
 Estaba ya, cuando torpemente
 intentabas dar tus primeros pasos
 ante la mirada burlona y divertida de todos.
 Cuando estabas desprotegido y expuesto, 
 cuando eras vulnerable y necesitado.

Aparecí en tu vida
de la mano del pensamiento mágico; 
 me acompañaban...
 las supersticiones y los conjuros, 
 los fetiches y los amuletos...
 las buenas formas, las costumbres y la tradición...
 tus maestros, tus hermanos y tus amigos...

 Antes de que supieras que yo existía
 dividí tu alma en un mundo de luz y uno de oscuridad.
 Un mundo de lo que está bien y otro de lo que no lo 
 está.

 Yo te traje tus sentimientos de vergüenza,
 te mostré todo lo que hay en ti de defectuoso,
 de feo, 
 de estúpido.
 de desagradable.
 Yo te colgué la etiqueta de <<diferente>>,
 cuando te dije por primera vez al oído
 que algo no andaba del todo bien en ti.

 Existo desde antes de la conciencia,
 desde antes de la culpa,
 desde antes de la moralidad,
 desde los principios del tiempo,
 desde que Adán se avergonzó de su cuerpo
 al notar que estaba desnudo...
 ¡y lo cubrió!

 Soy el invitado no querido, 
 el visitante no deseado. 
 y sin embargo
 soy el primero en llegar y el último en irme.
 Me he vuelto poderoso con el tiempo
 escuchando los consejos de tus padres sobre cómo
 triunfar en la vida.

 Observando los preceptos de tu religión,
 que te dicen qué hacer y qué no hacer
 para poder ser aceptado por Dios en su seno.
 Sufriendo las bromas crueles
 de tus compañeros de colegio
 cuando se reían de tus dificultades.
 Soportando las humillaciones de tus superiores.
 Contemplando tu desgarbada imagen en el espejo
 y comparándola después con las de los <<famosos>>
 que salen por la televisión.

 Y ahora, por fin,
 poderoso como soy
 y por el simple hecho
 de ser mujer, 
 de ser negro, 
 de ser judío,
 de ser homosexual,
 de ser oriental, 
 de ser discapacitado,
 de ser alto, bajito o gordo...
 puedo transformarte
 en un montón de basura,
 en escoria, 
 en un chivo expiatorio,
 en el responsable universal,
 en un maldito
 bastardo
 desechable.

 Generaciones y generaciones de hombres y mujeres
 me apoyan.
 No puedes librarte de mí.

 La pena que causo es tan insostenible
 que para soportarme
 deberás pasarme a tus hijos, 
 para que ellos me pasen a los suyos
 por los siglos de los siglos.

 Para ayudarte a ti y a tu descendencia
 me disfrazaré de perfeccionismo, 
 de altos ideales, 
 de autocrítica, 
 de patriotismo, 
 de moralidad, 
 de buenas costumbres, 
 de autocontrol.

La pena que te causo es tan intensa
que querrás negarme
y, para eso, 
intentarás esconderme detrás de tus personajes, 
detrás de tu lucha por el dinero,
detrás de tu neurosis, 
detrás de tu sexualidad indiscriminada.
Pero no importa lo que hagas, 
no importa a dónde vayas.
Yo estaré allí,
siempre allí.
Porque viajo contigo
día y noche
sin descanso, 
sin límites.

Yo soy la causa principal de la dependencia, 
de la posesividad,
del esfuerzo,
de la inmortalidad,
del miedo,
de la violencia,
del crimen,
de la locura.

Yo te enseñé el miedo a ser rechazado
y condicioné tu existencia a ese miedo.
De mí dependes para seguir siendo
es persona buscada, deseada, 
aplaudida, gentil y agradable
que hoy muestras a los demás.
De mí dependes
porque soy el baúl en el que has escondido
aquellas cosas más desagradables, 
más ridículas,
menos deseables de ti mismo.

Gracias a mí
has aprendido a conformarte
con lo que la vida te da,
porque, después de todo, 
cualquier cosa que vivas será siempre más
de lo que crees que mereces.

domingo, 20 de enero de 2013

La tienda de la verdad

 El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un hombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían.

 Entró.

 Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó: <<Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?>>.

 - Sí, señor. ¿Qué tipo de verdad quiere? ¿Verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?

 Así que allí vendían verdad. Nunca se había imaginado que aquello era posible. Llegar a un lugar y llevarse la verdad era maravilloso.

 - Verdad completa -contestó el hombre sin dudarlo.

 << Estoy tan cansado de mentiras y falsificaciones -pensó-. No quiero más generalizaciones ni justificaciones, engaños ni fraudes >>.

 - ¡Verdad plena! -ratifico.

 - Bien, señor. SÍgame.

 La señorita acompañó al cliente a otro sector, y señalando a un vendedor de rostro adulto, le dijo: << El señor le atenderá >>.

 El vendedor se acercó y esperó a que el hombre hablara.

 - Vengo a comprar la verdad completa.

 - Ajá. Perdone, pero, ¿el señor sabe el precio?

 - No. ¿Cuál es? -contestó rutinariamente  En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.

 - Si usted se la lleva -dijo el vendedor- el precio es que nunca más volverá a estar en paz.

 Un escalofrío recorrió la espalda del hombre. Nunca se había imaginado que el precio fuera tan alto.

 - Gra... gracias... Disculpe... -balbuceó.

 Dio la vuelta y salió de la tienda mirando al suelo.

 Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que aún necesitaba algunas mentiras en las que encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo...

 << Quizás más adelante >>, pensó.





<< PARA PODER DESCARGAR UN CARGAMENTO DE HALVÁ LO MÁS IMPORTANTE ES TENER RECIPIENTES DONDE GUARDAR EL HALVÁ >>

El sueño del esclavo


 Voy paseando por un camino solitario
 disfruto del aire, del sol, de los pájaros
 y del placer de que mis pies me lleven
 por donde ellos quieran.

A un lado del camino
encuentro a un esclavo durmiendo.
Me acerco y descubro que está soñando.
Por sus palabras y sus gestos adivino...

Sé lo que sueña:
el esclavo está soñando que es libre
La expresión de su cara refleja paz y serenidad.

Me pregunto...
¿debo despertalo y mostrarle que sólo es un sueño
y que sepa que sigue siendo un esclavo?

¿O debo dejarlo dormir todo el tiempo que pueda, 
disfrutando aunque sea en sueños
de su realidad fantaseada?

Dos de diógenes


Dicen que Diógenes iba por las calles de Atenas vestido con harapos y durmiendo en los zaguanes.

 Cuenta que, una mañana, cuando Diógenes estaba amodorrado todavía en el zaguán de la casa donde había pasado la noche, pasó por aquel lugar un acaudalado terrateniente.

 - Buenos días -dijo el caballero.

 - Buenos días -contestó Diógenes.

 - He tenido una semana muy buena, así que he venido a darte esta bolsa de monedas.

 Diógenes lo miró en silencio, sin hacer ningún movimiento.

 - Tómalas. No hay trampa. Son mías y te las doy a ti, que sé que las necesitas más que yo.

 - ¿Tú tienes más? -preguntó Diógenes.

 - Claro que sí -contestó el rico-, muchas más.

 - ¿Y no te gustaría tener más de las que tienes?

- Sí, por supuesto que me gustaría.

- Entonces guárdate estas monedas, porque tú las necesitas más que yo.

viernes, 18 de enero de 2013

La mirada del amor


 El rey estaba enamorado de Sabrina, una mujer de baja condición a la que había convertido en su última esposa.

 Una tarde, mientras el rey estaba de cacería, llegó un mensajero para avisar de que la madre de Sabrina estaba enferma. Pese a que estaba prohibido usar el carruaje personal del rey, infracción que se pagaba con la cabeza, Sabrina subió al coche y corrió junto a su madre.

 A su regreso, el rey fue informado de la situación.

 - ¿No es maravillosa? -dijo-. Esto es verdadero amor filial. No le ha importado jugarse la vida para cuidar a su madre. ¡Es maravillosa!

 Otro día, mientras Sabrina estaba sentada en el jardín del palacio comiendo fruta, llegó el rey. La princesa lo saludó y después le dio un mordisco al último melocotón que le quedaba en la cesta.

 - ¡Parecen buenos! -dijo el rey.

 - Lo son -dijo la princesa. Y, alargando la mano, le cedió a su amado el último melocotón.

 - ¡Cuánto me ama! -comentó después el rey-. Renunció a su propio placer para darme el último melocotón de la cesta, ¿No es fantástica?

 Pasaron algunos años y, saber por qué, el amor y la pasión desaparecieron del corazón del rey.

 Sentado junto a su amigo más íntimo, le decía: <<Jamás se comportó como una reina. ¿Acaso no desafió mi prohibición utilizando mi carruaje? Es más, recuerdo que una vez me dio a comer una fruta mordida>>.

La olla embarazada


 Un hombre le pidió una tarde a su vecino una olla prestada. El dueño de la olla no era demasiado solidario, pero se sintió obligado a prestarla.

 A los cuatro días, la olla no había sido devuelta, así que, con la excusa de necesitarla, fue a pedirle a su vecino que se la devolviera.

 -Casualmente iba a subir a su casa para devolvérsela...¡El parto fue tan difícil!

 -¿Qué parto?

 - El de la olla.

 - ¿Cómo?

 - Ah, ¿no lo sabía? La olla estaba embarazada.

 - ¿Embarazada?

 - Sí, y esa misma noche tuvo familia. Por eso tuvo que hacer reposo, pero ahora ya está recuperada.

 - ¿Reposo?

 - Sí. Un segundo, por favor.

 Y, entrando en su casa, sacó la olla, una jarrita y una sartén.

 - Esto no es mío. Sólo la olla.

- No, es suyo. Son las hijas de la olla. Si la olla es suya, las hijitas también lo son.

 El hombre pensó que su vecino estaba completamente loco. <<Pero mejor que le siga la corriente>>, se digo.

- Bueno, gracias.

 - Adiós, gracias.

 Y el hombre se marchó a su casa con la jarrita, la sartén y la olla.

 Esta tarde, el vecino volvíó a llamar a su puerta.

 - Vecino, ¿me puedes prestar un destornillador y una pinza?

 El hombre se sentía ahora más obligado que antes.

 - Sí, claro.

 Entro en casa y salió con la pinza y el destornillador.

 Pasó casi una semana y, cuando ya estaba pensando en ir a recuperar sus cosas, el vecino llamó a su puerta.

 Ay, vecino, ¿usted lo sabía?

 - ¿El qué?

 - Que el destornillador y la pinza son pareja.

- ¡No me diga! -dijo el hombre con los ojos desorbitados-. No lo sabía.

- Mire, fue un descuido mío. Durante un ratito los dejé solos y se ha quedado embarazada.

 - ¿La pinza?

 - ¡La pinza! Le he traído a sus hijos.

 Y , abriendo una canastilla, le entregó algunos tornillos, tuercas y clavos que, según él, había parido la pinza.

 <<Esta totalmente loco>>, pensó el hombre. Los clavos y los tornillos siempre venían bien.

 Pasaron unos días. El vecino pedigüeño apareció de nuevo.

 - El otro día- le dijo-, cuando le traje la pinza, me di cuenta de que tiene usted sobre la mesa una hermosa ánfora de oro. ¿Sería tan gentil de prestármela durante una noche?

 Al dueño del ánfora le tintinearon los ojos.

 - Cómo no- dijo, en generosa actitud. Y entró en su casa para salir con el ánfora que le habían pedido prestada.

 - Gracias, vecino.

- Adiós.

- Adiós.

 Pasó aquella noche, y también la siguiente, y el dueño del ánfora no se atrevía a llamar a casa de su vecino para pedirle que se la devolviera. Sin embargo, habiendo transcurrido una semana, no pudo resistir su ansiedad y fue a reclamar el ánfora a su vecino.

 - ¿El ánfora? -dijo el vecino-. ¡Ah! ¿No se ha enterado?

 - ¿De qué?

 - Murió en el parto.

 - ¿Cómo que murió en el parto?

- Sí, el ánfora estaba embarazada y, durante el parto, murió.

 - Dígame, ¿usted cree que soy estúpido? ¿Cómo va a estar embarazada un ánfora de oro?

 - Mire, vecino. Usted aceptó el ambarazo y el parto de la olla. Aceptó también la boda y la descendencia del destornillador y la pinza. ¿Por qué no habría ahora de aceptar el embarazo y la muerte del ánfora?


La gallina y los patitos


 Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos.

 Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató. Pero, por alguna razón, no llegó a comerse los huevos antes de huir, y éstos se quedaron abandonados en el nido.

 Una gallina clueca pasó por allí y encontró en nido descuidado. Su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.

 Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina por su madre y caminaban en fila detrás de ella.

 La gallina, contenta con su nueva cría, los llevó a la granja.

 Todas las mañanas, después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el suelo y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra ni un mísero gusano, la mamá provenía de alimento a todos los polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos dándoles de comer en el pico.

 Un día como otros, al llegar al lago, los patitos se zambulleron  de un salto en la laguna, con toda naturalidad, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua.

 Los patitos nadaban alegres, chapoteando, y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran.

 El gallo apareció atraído por los gritos de la madre y se percató de la situación.

 -No se puede confiar en los jóvenes -fue su sentencia-. Son unos imprudentes.

 Uno de los patitos, escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo: <<No nos culpéis a nosotros por vuestras propias limitaciones>>. 

El leñador tenaz


Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.

 El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque.

 El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar.

 En un solo día cortó dieciocho árboles.

 - Te felicito -le digo el capataz-. Sigue así.

 Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano.

 A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.

 A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de quince árboles.

<<Debo de estar cansado>>, pensó. Y decidió acostarse con la puesta de sol.

 Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad.

 Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.

 Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento.

 El capataz le preguntó: <<¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?

- ¿Afilar? No he tenido tiempo para afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles.

martes, 15 de enero de 2013

Buscando a Buda



 Buda peregrinaba por el mundo para encontrarse con aquellos/as que se llamaban a sí mismos/as sus discípulos/as y hablarles acerca de la Verdad.

 A su paso, la gente que creía en sus palabras llegaba a centenares para escucharle, tocarle o verle, seguramente por una única vez en sus vidas.

 Cuatro monjes que supieron que Buda estaría en la ciudad de Vaali, cargaron sus cosas en sus mulas y emprendieron el viaje que duraría, si todo iba bien, varias semanas.

 Uno de ellos conocía poco la ruta a Vaali y seguía a los otros en el camino.

 Después de tres días de marcha les sorprendió una gran tormenta. Los monjes apresuraron su paso y llegaron a un pueblo, donde buscaron refugio hasta que pasara la tormenta.

 Pero el último no llegó al poblado y tuvo que pedir refugio en casa de un pastor, en las afueras. El pastor le dio abrigo, techo y comida para pasar la noche.

 A la mañana siguiente, cuando el monje está preparado para partir, fue a despedirse del pastor. Al acercarse al corral, vio que la tormenta había espantado a las ovejas y que el pastor estaba tratando de reunirlas.

 El monje pensó que sus cofrades estarían ya saliendo del pueblo, y que si no se iba pronto, se alejaría demasiado de ellos. Pero él no podía seguir su camino dejando al pastor a su suerte después de que le hubiera dado cobijo. Por ello decidió quedarse con él hasta que hubieran conseguido reunir de nuevo al ganado.

 Así pasaron tres días, tras los cuales se puso en camino aligerando el paso para intentar alcanzar a sus compañeros.

 Siguiendo las huellas de los demás, paró en una granja a repostar su provisión de agua.

 Una mujer le indicó dónde estaba el pozo y se disculpó por no poder ayudarlo, ya que debía seguir trabajando en su cosecha... Mientras el monje abrevaba a sus mulas y cargaba sus odres con agua, la mujer le contó que, tras la muerte de su marido, les resultaba muy difícil a ella y a sus pequeñas hijas recoger toda la cosecha antes de que se perdiera.

 El hombre se dio cuenta de que la mujer nunca llegaría a recoger la cosecha a tiempo, pero también sabía que si se quedaba perdería el rastro y no podría estar en Vaali cuando Buda llegara a la ciudad.

 <<Lo veré unos días después>>, pensó, sabiendo que Buda se quedaría unas semanas en Vaali.

 La cosecha llevó tres semanas y, en cuanto terminó la tarea, el monje reanudó su marcha.

 Por el camino se enteró de que Buda ya no estaba en Vaali, y que había partido hacia un pueblo más al Norte.

 El monje cambió su rumbo y de dirigió hacia el nuevo poblado.

 Podría haber llegado aunque sólo hubiera sido para verlo, pero por el camino tuvo que salvar a una pareja de ancianos de ser arrastrados corriente abajo, y sin su ayuda no hubieran podido escapar de una muerte segura. Cuando los ancianos estuvieron recuperados volvió a emprender la marcha sabiendo que Buda seguía su camino...

 Veinte años pasó el monje siguiendo el camino de Buda... Cada vez que se acercaba, sucedía algo que retrasaba su viaje. Siempre había alguien que le necesitaba y, sin saberlo, evitaba que el monje llegará a tiempo.

 Finalmente, se enteró de que Buda había decidido ir a morir a su ciudad natal.

 <<Esta vez -dijo para sí-, es mi última oportunidad. Si no quiero morir sin haber visto a Buda, no puedo distraer mi camino. nada es más importante ahora que ver a Buda antes de que muera. Ya habrá tiempo para ayudar a los demás después.>>
 
 Y, con su última mula y sus escasas provisiones, retomó el camino.

 La víspera de llegar al pueblo casi tropezó con un ciervo herido en medio del camino. Lo auxilió, le dio de beber y cubrió sus heridad con barro fresco. El ciervo boqueaba tratando de respirar, ya que cada vez le faltaba más el aire.

 <<Alguien debería quedarse con él -pensó-. para que yo pueda seguir mi camino.>>



 Pero no había nadie a la vista.

 Con mucha ternura acomodó al animal contra unas rocas para seguir su marcha, le dejó agua y comida al alcance del hocico y se levanto para irse.

 Sólo llegó a dar dos pasos cuando, inmediatamente, se dio cuenta de que no podía presentarse ante Buda sabiendo, en lo más profundo de su corazón, que había dejado solo a un indefenso moribundo...

 Así que descargó la mula y se quedó a cuidar al animalito. Durante toda la noche veló su sueño como si cuidara de un hijo. Le dio de beber en la boca y cambió paños sobre su fuente.

 Hacia el amanecer, el ciervo se había recuperado.

 El monje se levantó, se sentó en un lugar retirado y lloró... Finalmente, había perdido también su última oportunidad.

 - Ya nunca podré encontrarte -dijo en voz alta.

 - No sigas buscándome -le dijo una voz que venía de detrás de él- porque ya me has encontrado.

 El monje se dio la vuelta y vio cómo el ciervo se llenaba de luz y tomaba la redondeada forma de Buda.

 - Me hubieras perdido si me hubieras dejado morir esta noche para ir a mi encuentro en el pueblo... Y, respecto a mi muerte, no te inquietes: el Buda no puede morir mientras haya personas como tú, que son capaces de seguir mi camino durante años, sacrificando sus deseos por las necesidades de otros. Eso es el Buda. El Buda está en ti.


domingo, 6 de enero de 2013

La esposa sorda


 Un hombre llama al médico de cabecera de la familia.

- Ricardo, soy yo, Julián.
-¡Ah, hola! ¿Qué te cuentas, Julian?
- Pues mira, te llamo porque estoy preocupado por María.
- Pero, ¿qué le pasa?
- Se está quedando sorda.
- ¿Cómo que se esta quedando sorda?
-Sí, de verdad. Necesito que vengas a verla.
- Bueno, la sordera en general no es una cosa repentina ni aguda, así que el lunes que venga a la consulta y la miraré.
- Pero, ?tú crees que podemos esperar hasta el lunes?
- ¿Cómo te has dado cuenta de que no oye?
- Pues... porque la llamo y no contesta.
- Mira, puede ser cualquier tontería, como un tapón en el oído. A ver, vamos a hacer una cosa: vamos a detectar el nivel de sordera de María. ¿Dónde estas tú?
- En el dormitorio.
- Y ella, ¿dónde está?
- En la cocina.
- De acuerdo. Llámala desde ahí.
- ¡Maríaaaaaa...! No, no me oye.
- Bueno. Acércate a la puerta del dormitorio y gritale desde el pasillo.
- ¡Maríaaaaaaaaaaaaa...! No, ni caso.
- Espera, no te desesperes. Ve a buscar el teléfono inalámbrico y acércate a ella por el pasillo llamándola para ver cuándo te oye.
-¡Maríaaaaaaaaa...! ¡Maríaaaaaaa...! ¡Maríaaaaaaa...! No hay manera. Estoy delante de la puerta de la cocina y la veo. Está de espaldas lavando los platos, pero no me oye. ¡Maríaaaaaaaaaaaaaaaaa...! No hay manera.
- Acércate más.

 El hombre entre en la cocina, se acerca a María, le pone na mano en el hombro y le grita en la oreja: <<¡Maríaaaaaaaaaaa...! La esposa, furiosa, se da la vuelta y le dice:
- ¿Qué quieres¿ ¡¿Qué quieres, qué quieres, qué quiereeeeeeeees...?! Ya me has llamado como diez veces y diez veces te he contestado <<qué quieres>>. Cada día estás más sordo,no sé por qué no vas al médico de una vez...

sábado, 5 de enero de 2013

Solas/os y acompañadas/os


Aquella mujer había viajado mucho. A lo largo de su vida, había visitado cientos de países reales e imaginarios....

 Uno de sus viajes que más recordaba era su corta visita al País de las Cucharas Largas. Había llegado a la frontera por casualidad: en el camino de Uvilandia a Paraís, había un pequeño desvío hacía el mencionado país. Como le gustaba explorar, tomó ese camino. La sinuosa carretera terminaba en una enorme casa aislada. Al acercarse, notó que la mansión parecía dividida en dos pabellones; una ala Oeste y un ala Este. Aparcó su automóvil y se acercó a la casa. En la puerta, un cartel anunciaba:

PAÍS DE LAS CUCHARAS LARGAS
<< ESTE PEQUEÑO PAÍS CONSTA SÓLO
DE DOS HABITACIONES. LLAMADAS
NEGRA Y BLANCA, PARA RECORRERLO, 
DEBE AVANZAR POR EL PASILLO
HASTA DONDE SE DIVIDE Y GIRAR
A LA DERECHA SI QUIERE VISITAR LA
HABITACIÓN NEGRA O A LA IZQUIERDA
SI LO QUE QUIERE ES CONOCER
LA HABITACIÓN BLANCA>>.

La mujer avanzó por el pasillo y el azar le hizo girar primero a la derecha. Un nuevo corredor de unos cincuenta metro de largo terminaba en una enorme puerta. Nada más dar los primeros pasos, empezó a escuchar los ayes y quejidos que provenían de la habitación negra.

 Por un momento, las exclamaciones de dolor y sufrimiento le hicieron dudar, pero decidió seguir adelante. Llegó a la puerta, la abrió y entró.

 Sentados en torno a una enorme mesa había cientos de personas. En el centro de la mesa se veían los manjares más exquisitos que cualquier pueda imaginar y, aunque todas las personas tenían una cuchara con la que alcanzaban el plato central, ¡se estaban muriendo de hambre! El motivo era que las cucharas eran el doble de largas que sus brazos y estaban fijadas a sus manos. De ese modo, todas podían servirse, pero nadie podía llevarse el alimento a la boca.

 La situación era tan desesperada y los gritos desgarradores, que la mujer dio media vuelta y salió huyendo del salón.

 Volvió a la sala central y tomó el pasillo de la izquierda, que conducía a la habitación blanca. Un corredor exactamente igual que el anterior terminaba en una puerta similar. La única diferencia era que, por el camino, no se oían quejidos ni lamentos. Al llegar a la puerta, la exploradora giró el picaporte y entró en la habitación.

 Cientos de personas se hallaban también sentadas en torno a una mesa igual a la de la habitación negra. También en el centro se veían manjares exquisitos, y todas las personas llevaban una larga cuchara fijada a su mano.

 Pero allí nadie se quejaba ni lamentaba. Nadie se moría de hambre porque ¡todas se daban de comer las unas a las otras!

 La mujer sonrió, dio media vuelta y salió de la habitación blanca. Cuando oyó el <<clic>> de la puerta que se cerraba se halló de pronto, misteriosamente, en su propio automóvil, conduciendo de camino a Paraís.

jueves, 3 de enero de 2013

El tesoro enterrado


 Había una vez, en la ciudad de Cracovia, un anciano piadoso y solidario que se llamaba Izy. Durante varias noches, Izy soñó que viajaba a Praga y llegaba a un puente sobre un río. Soñó que a un lado del río, y debajo del puente, se hallaba un frondoso árbol. Soñó que él mismo cavaba un pozo al lado del árbol y que de ese pozo sacaba un tesoro que le traía bienestar y tranquilidad para toda la vida.

 Al principio, Izy no le dio importancia. Pero cuando el sueño se repitió durante semanas, interpretó que era un mensaje y decidió que no podía desoír esa información mientras dormía.

 Así que, fiel a su intuición, cargó su mula para un largo viaje y partió a Praga.

 Después de seis días de marcha, el anciano llegó a Praga y se dedicó a buscar el puente sobre el río en las afueras de la ciudad.

 No había muchos ríos ni muchos puentes, así que rápidamente encontró el lugar que buscaba. Todo era igual que en su sueño: el río, el puente y, a un lado del río, el árbol debajo del que debía cavar.

 Sólo había un detalle que no había aparecido en su sueño: el puente era custodiado de día y de noche por un soldado de la guardia imperial.

 Izy no se atrevía a cavar mientras el soldado estuviera allí, así que acampó cerca del puente y esperó. La segunda noche, el soldado empezó a sospechar de aquel hombre que acampaba cerca de su puente, así que se aproximó para interrogarle.

 El viejo no encontró razón para mentirle. Por eso le contó que había llegado desde una ciudad muy lejana porque había soñado que en Praga, bajo un puente como aquél, había un tesoro enterrado.

 El guardia empezó a reírse a carcajadas.

 - Has viajado mucho por una estupidez -le dijo-. Desde hace tres años, yo sueño todas las noches que en la ciudad de Cracovia, debajo de la cocina de un viejo loco llamado Izy, hay un tesoro enterrado. ¡Ja, ja, ja! ¿Crees que to debería ir a Cracovia a buscar a ese Izy y cavar bajo su cocina?

 Izy dio amablemente las gracias al guardia y regresó a su casa.

 Al llegar, cavó un pozo bajo su cocina y encontró el tesoro que siempre había estado allí enterrado.

martes, 1 de enero de 2013

El ladrillo boomerang


 Había una vez un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que cada vez que alguien le molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo. El método era un poco troglodita, pero parecía efectivo, ¿no?

 Sucedió que se cruzó con una amiga muy prepotente que le habló con malos modos. Fiel a su decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró.

 No recuerdo si le alcanzó o no. Pero el caso es que después, tener que ir a buscar el ladrillo le pareció incómodo. Decidió entonces mejorar el <<Sistema de Autopreservación del Ladrillo>>, como él lo llamaba. Ató al ladrillo un cordel de un metro y salió a la calle. Esto permitía que el ladrillo nunca se alejara demasiado, pero pronto comprobó que el nuevo método también tenía sus problemas: por un lado, la persona destinataria de su hostilidad tenía que estar a menos de un metro y, por otro, después de arrojar el ladrillo tenía que tomarse el trabajo de recoger el hilo que, además, muchas veces se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.

 Entonces el hombre inventó el << Sistema Ladrillo III>>. El protagonista seguía siendo el mismo ladrillo pero, este sistema, en lugar de un cordel llevaba un resorte. Ahora el ladrillo podía lanzarse una y otra vez y regresaría solo, pensó el hombre.

 Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erro, y no pegó en su objetivo porque, al actuar el resorte, el ladillo regresó y fue a dar justo en la cabeza del hombre.

 Lo volvió a intentar, y se dio un segundo ladrillazo por medir mal la distancia.

 El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo.

 El cuarto fue muy peculiar porque, tras decidir dar un ladrillazo a una victima, quiso protegerla al mismo tiempo de su agresión, y el ladrillo fue a dar de nuevo en su cabeza.

 El chichón que se hizo era enorme...

 Nunca se supo por qué no llegó a pegar jamás un ladrillazo a nadie: si por los golpes recibidos o por alguna deformación de su ánimo.

 Todos los golpes fueron siempre para él mismo.

La teta o la leche


Tienes hambre de saber
hambre de crecer
hambre de conocer
hambre de volar...

Puede ser que hoy
yo sea la teta
que da leche
que aplaca tu hambre...

Me parece fantástico que hoy
quieras esta teta.
Pero no olvides esto:
no es la teta la que te alimenta...
¡Es la leche!