lunes, 23 de abril de 2012

Bailamos tango, mi vida


La decisión ya estaba tomada: iba a aprender a bailar tango. Es más, tenía que aprender a bailar tango. Y esta vez sí que iba a poner todo el empeño escatimado en tantos años de infructuosos intentos (desde los primeros balbuceos con mi padre hasta aquellas tentativas fugaces, pero llevas de vana ilusión, emprendidas con la ayuda de los abnegados "voluntarios" que alguna vez encontré en el camino). Y como esta vez estaba realmente dispuesta a llegar hasta el final, lo primero que tenía que hacer era asistir a clases como Dios manda (es decir, con profesor y todo). Así que, llena de voluntad, encaramada a mis zapatos de tacón, embutida en una falda acorde con las circunstancias y con la mejor de las sonrisas en el rostro, me planté en aquella sala de baile que tanto me habían recomendado mis amigas.
     Pero claro, como es imposible tanta dicha, como tanta perfección nos está prohibida...Como siempre...Faltaba algo. Miré, remiré y, por más que busqué, me encontré de nuevo con la eterna realidad delante de mis narices: sólo había cuatro hombres para veinticinco mujeres.
     Con todo y eso no estaba dispuesta a que mi voluntad se viera vencida una vez más. Y me lancé a la pista dispuesta a arrebatarle a cualquiera de las otras veinticinco mujeres alguna de las cuatro codiciadas presas. Sin embargo, a pesar de mi buena voluntad y de la mejor de las sonrisas, en una hora sólo pude capturar un compañero, y durante sólo cinco minutos. A aquel paso ni en dos años aprendería una sola figura (si es que antes no aparecían por la pista nuevas competidoras). Fue entonces cuando se hizo la luz en mi cabeza y lo vi todo con mucha más claridad: ¡Para algo se tiene un marido!
     Después de poner en juego mis mejores y más elaboradas maniobras de "manipuloseducción", conseguí arrastrarlo a la clase. Lo mejor y más increíble de todo fue que...¡Le gustó!

Clase primera

- Lo primero que vamos a aprender del tango es el abrazo -dijo Julio Horacio Martínez.
     Yo pensé que aquello no tendría mucha ciencia, porque abrazarse es algo que todos hacemos habitualmente de una manera espontánea. Qué se yo...Es algo natural, sin aprendizaje previo. Pero no. Al parecer, detrás del abrazo en el tango se esconde algo bastante más complicado.
     - En el tango, los cuerpos tiene que realizar un circuito de tensiones encontradas. El brazo debe estar firme, pero sin empujar. Las piernas en contacto, pero sin asfixiarse ni impedir el movimiento. Tengan ustedes en cuenta que en este baile el equilibrio no está en cada uno, sino en el centro de los dos, y si no se entienden pueden desestabilizarse. Tienen que aprender a comunicarse para poder disfrutarlo juntos.
     Entonces, mi marido me tomó en sus brazos, juntas las piernas, con una mano sujetándome de la cintura y manteniendo la otra levantada y firme, para servirme de apoyo. Hasta aquí, todo bien...En teoría. Si no hubiera sido porque su mano en la cintura me tenía suspendida en el aire, sus piernas juntas no dejaban que me moviera y su mano firme...Era tan firme que me atenazaba los dedos.
     - Tu mano debe ofrecer resistencia. De lo contrario te sientes empujada. No se puede bailar con un flan aunque tenga forma de mujer.
     Me había llamado "flan con forma de mujer". Eso fue lo que dijo...Y ahí termino la clase.

Clase segunda

- Hoy aprenderemos el paso básico, que son ocho compases. ¿Ven? Uno, dos, tres, cuatro, cinco...Y en el quinto, la mujer debe tener el peso del cuerpo en el pie derecho y entonces, con ese mismo pie, y cambiando el peso, ella sale hacia atrás y seguimos: seis, siete y ocho...¿Entendido?
     Dijimos que sí (no sin ciertos apuros) y empezamos a bailar: uno, dos, tres, cuatro, cinco...Uno, dos, tres, cuatro, cinco...Uno, dos, tres, cuatro, cinco...¡Nada! No había manera. Mi marido estaba empeñado en que yo hiciera el sexto con el pie izquierdo, pero no quería entender que lo tenía cruzado por delante.
     - ¡Me estás atropellando!
     - No, eres tú, que no retrocedes.
     - Pero, ¿cómo quieres que retroceda si tengo el pie en el aire?
     - Pues las demás lo hace...
     - Las demás lo hacen porque los demás lo marcan bien. 
     El profesor se acercó y se dirigió a él: Tienes que tener en cuenta dónde tiene ella el peso del cuerpo. Si no lo hacés, ella no puede salir. Mirá: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. ¿Viste?.
     ¡Qué bonito era bailar con alguien que me entendía! Reconocí que con mi marido me sentía impotente. me echaba a mí la culpa de sus limitaciones y no quería darse cuenta de que era totalmente imposible seguirlo.

Clase tercera 

- Hoy trabajaremos las articulaciones del paso básico. En el ocho hay dos tiempos: uno de entrada y otro de salida, tanto en el hombre como en la mujer. Se hacen alrededor de la pareja. El hombre puede optar por sólo darle el espacio o acompañar su movimiento...
     Por fin había llegado lo que yo estaba esperando: hacer esos firuletes tan bonitos, tan elegantes, tan sensuales...Salgo, entro, salgo...¿Qué pasa? De pronto estamos los dos haciendo fuerza para no caernos, a cuatro metros el uno del otro y a leguas de la elegancia y la sensualidad soñadas...
     - ¿Qué están haciendo? -Julio se acercó como una exhalación-. Queremos bailar tango, y están haciendo una lucha de sumo. Vení -le dijo a mi marido-. Ahora yo tomaré el lugar de tu pareja y te muestro qué hacés. ¿Ves? Si vos no me das espacio suficiente yo me lo voy a tomar de todos modos, aunque sea alejándome...

Clase cuarta

Aunque ya más o menos podemos movernos juntos, todavía nos cuesta mucho sincronizarnos. Después de haber trabajado con la pausa, hemos conseguido bailar un poco seguido, pero tras unos pasos engarzados a duras penas, vuelvo a tropezar con sus pies (o quizás sea él quien tropieza, yo ya no lo sé). Sea como fuere, mi marido me acusa de no escuchar lo que me dice, de bailar sola. Yo le repito que no sé qué es lo que quiere que haga...Pero parece que él tampoco me entiende.
     De nuevo Julio se acerca a nosotros para hablar con mi marido. ¿Es posible que no hay más parejas en la sala que bailen mal?
     - Si querés decir algo, primero tenés que contactar, llamar su atención. De lo contrario la invadís, la sorprenderéis y en esa incertidumbre no te va a entender. Llevemos esto al baile. ¡Mirá! Primero buscás su pie, la detenés y luego la hacés el movimiento. Si antes no conectás será difícil que ella adivine qué querés comunicarle. Como cuando querés hablarle, primero la llamás y sólo cuando ves que ella te escucha, hablás. De lo contrario, antes o después tendrás que gritar. Esto es lo mismo. Y vos -dijo dirigiéndose a mí- tené en cuenta que te llama tenés que detenerte y escucharlo. Si no, para que lo escuches, te va a gritar. Y si están bailando, te va a golpear. Lo voy a mostrar. Acerco mi pie al suyo; ella se detiene para escuchar. Hago el movimiento y espero a que ella me conteste. No lo olviden: al bailar están dialogando, nunca imponiendo. Uno habla y después de escuchar el otro contesta. Atención: sólo después de escuchar. Porque en el tango, como en la vida, si no me tomo trabajo de escuchar, voy a presuponer que sé lo que me van a decir, y nunca contestaré al otro. Así, el diálogo real deja de existir y se convierte en monólogo. Esto es lo que están haciendo, y esto no es bailar tango, que es una danza de pareja en la que cada uno improvisa de acuerdo con el movimiento del otro.

Clase quinta

Hoy no tengo ganas de ir a clase. En realidad, no tengo ganas de ir a ninguna parte. Yo no entiendo qué está pasando, pero siento que mi pareja se acaba. Desde hace tiempo discutimos por todo y no hay manera de poder hablar de lo que pasa. Son infinitos los reproches mutuos que impiden el diálogo. Es como si habláramos distintos idiomas y una dolorosa distancia, mezcla de rencor e indiferencia, se está clavando entre nosotros.
     Este silencio, no sé cómo ni cuándo empezó, pero crece cada vez más y parece imposible detenerlo. Nunca pensé que después de tanto tiempo de complicidad y cercanía llegaría el momento en que aún estando juntos no nos pudiésemos encontrar.
     Mejor me cambio de ropa y voy a clase, porque dándole vueltas a la cabeza no gano nada y si nos quedamos solos en casa, la distancia se hace insoportable.
     - Hoy no vamos a aprender ningún paso nuevo. Creo que es importante que sepan qué están haciendo. Si no entienden qué es bailar tango, si no entienden su significado, podrán hacer los pasos, pero nunca van a bailar el tango. El tango es una danza de pareja abrazada con un abrazo que es contención, no estrujamiento. Abrazar es dar con los brazos abiertos y el que da con los brazos abiertos recibe con todo el cuerpo. Así unidos, los dos integrantes se desplazan en el espacio, creado por los dos. Como dicen los Dinze: " El tango niega las matemáticas porque uno más uno no son dos, sino uno, que es la pareja, o tres, porque son él, y un tercer volumen. Uno o tres, ¡pero nunca dos!.
     Es un verdadero diálogo corporal y amoroso, donde los dos manejan la autodestrucción y dónde también hay momentos de silencio. Un silencio que necesariamente forma parte del diálogo, que lo enriquece si quieren, pero nunca lo anulan. En este diálogo, los dos pueden proponer, porque aunque uno tome la iniciativa del primer movimiento, según como sea la respuesta, ya sea por la velocidad, amplitud o dirección, es el siguiente movimiento. Por eso hay que aprender a vivir el error como posibilidad de enriquecimiento. 
     Si esto no hubiese sido así, el tango no existiría. No deben enojarse ante un fallo: busquen el contacto con el otro e intenten crear juntos. Finalmente, el tango también es una forma de autoconocimiento, porque así como en nuestra vida de relación -ya sea como amigo, amante o padre- conozco mi calidad de tal a partir del otro, en el tango puede ser un protector o un protegido, un dominado o un dominador. Puedo ser infinitamente tierno, violento o, tal vez, la mezcla de todo eso. Y mi pareja está ahí para mostrármelo. Esto que planteo no es fácil, pero sólo cuando lo entiendan podrán bailar y, además, de una manera distinta cada día: a veces con violencia, otras con ternura, otras en verdadera éxtasis, pero seguro que no interrumpirán la danza.

Mientras volvíamos caminando a casa, las palabras de Julio resonaban dentro de mí. Era como si las frases hubiesen tomado forma corporal y danzasen en mi cabeza, ocupándola, ordenándose, tomando armonía y sentido: "El abrazo es contención, no estrujamiento...Tomen el error como posibilidad...Si no le doy espacio a él, él se lo va a tomar...Mi pareja está allí para mostrarme cómo soy...El encuentro es diálogo, no imposición; el diálogo es escuchar al otro, no suponer; el abrazo es dar espacio, no atrapar;  el tango es dialogar, dialogar, dialogar...".

Hoy releo estos viejos apuntes. Los encontré en el cajón de una cómoda que había quedado en el sótano después de la mudanza. ¡Cuánto tiempo ha pasado!¿Diez años? Sí, creo que sí. En aquella época cumplíamos a duras penas dos años de casados y ya llevamos juntos doce. La crisis pasó y efectivamente los dos tuvimos que aprender a vivir juntos, así como aprendimos a bailar tango.
     Mientras leo estoy escuchando música y mi marido está terminando de arreglar el jardín. Por cierto, ya ha terminado. Veo que entra.
     Está sonando Danzarín.
     - ¿Qué estas haciendo?-le digo.
     - Estoy pensando que tengo muchas ganas de abrazarte...¿Bailamos un tanguito, mi vida?



Julia Atanasópulo García

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