lunes, 3 de diciembre de 2012

Manual para subir "montañas"

a) ELIGE LA MONTAÑA QUE DESEAS SUBIR. No te dejes llevar por los comentarios de otras, como <<aquélla es más bonita>> o <<ésta es más fácil>>. Vas a gastar mucha energía y mucho entusiasmo para lograr tu objetivo, por lo que eres la única responsable y debes estar seguro de lo que haces.

b) HAS DE SABER LLEGAR HASTA DELANTE DE ELLA. Muchas veces, se ve la montaña desde lejos: interesante, llena de desafíos, pero, cuando intentamos aproximarnos, ¿qué ocurre? Las carreteras la rodean, hay bosques entre tú y tu objetivo, lo que parece claro en el mapa es difícil en la vida real. Por tanto, prueba todos los caminos, los senderos, hasta que un día estés delante de la cima que pretendes alcanzar.

c) APRENDE DE QUIEN YA CAMINÓ POR ALLÍ. Por más que te consideres única, siempre hay alguien que tuvo ese mismo sueño antes y acabó dejando marcas que pueden facilitar la caminata: lugares en los que colocar la cuerda, senderos, ramas rotas para facilitar la marcha. La caminata es tuya y la responsabilidad también, pero no olvides que la experiencia ajena ayuda mucho.

d) LOS PELIGROS, VISTOS DE CERCA, SON VENCIBLES. Cuando empieces a subir la montaña de tus sueños, presta atención a tu alrededor. Hay despeñaderos, claro. Hay grietas imperceptibles.Hay piedras tan pulidas por las tormentas, que se vuelven escurridizas como el hielo, si sabes dónde colocas el pie, notarás las trampas y sabrás rodearlas.

e) EL PAISAJE CAMBIA, CONQUE APROVÉCHALO. Claro que es necesario tener un objetivo fijado: llegar a lo alto, pero, a medida que se va subiendo, se pueden ver más cosas y no cuesta nada parar de vez en cuando y disfrutar un poco del panorama circundante. A cada metro conquistado, puede ver un poco más lejos: aprovéchalo para descubrir cosas que aún no habías advertido.

f) RESPETA TU CUERPO. Sólo consigue subir una montaña quien presta al cuerpo la atención que merece. Tienes todo el tiempo que la vida te da, por lo que debes caminar sin exigir lo que se te puede dar. Si andas demasiado deprisa, acabarás cansado y desistirás a la mitad. Si andas muy despacio, puede caer la noche y estarás perdido. Aprovecha el paisaje, disfruta del agua fresca de los manantiales y de las frutas que la naturaleza te das, generosa, pero sigue andando.

g) RESPETA TU ALMA. No te repitas todo el tiempo: <<Voy a conseguirlo>>. Tu alma ya lo sabe, lo que  ésta necesita es usar la larga caminata para poder crecer, extenderse por el horizonte, alcanzar el cielo. Una obsesión no ayuda nada a la búsqueda de tu objetivo y acaba privándote del placer de la escalada, pero atención: tampoco te repitas: <<Es más fácil de lo que pensaba>>, porque eso te hará perder la fuerza interior.

h) PREPÁRATE PARA CAMINAR UN KILÓMETRO DE MÁS: El recorrido hasta la cima de la montaña es siempre mayor de lo que piensas. No te engañes, ha de llegar el momento en que lo que parecía cerca éste aún muy lejos, pero, como estás dispuesto a llegar lejos, eso no llega a ser un problema.

i) ALÉGRATE CUANDO LLEGUES A LA CUMBRE. Llora, da palmas, grita a los cuatro vientos que lo has conseguido, deja que el viento allí arriba (porque allí, en la cima, siempre sopla el viento) purifique tu mente, refresque tus pies sudados y cansados, abra tus ojos, limpie el polvo de tu corazón. Qué bien: lo que antes era un sueño, una visión distante, ahora es parte de tu vida, lo has conseguido.

j) HAZ UNA PROMESA. Aprovecha que has descubierto una fuerza que ni siquiera conocías y dite que a a partir de ahora la usarás durante el resto de tus días. De preferencia, promete también descubrir otra montaña y partir hacia una nueva aventura.

k) CUENTA TU HISTORIA. Sí, cuenta tu historia. Da tu ejemplo. Di a todas que es posible y otras personas sentirán entonces el valor para afrontar sus propias montañas.

ç

Pd: Recuerdos de mi camino a Santiago.




lunes, 5 de noviembre de 2012

Amar con los ojos abiertos

Se cuenta que una vez se reunieron un un lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los seres humanos. Cuando el Aburrimiento ya hubo bostezado por tercera vez durante la reunión que tenían, la Locura, como siempre tan loca, les hizo una propuesta:

- ¡Vamos a jugar al escondite!

La Intriga levantó las cejas y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó:

- ¿Al escondite? ¿Y cómo se juega a eso?

- Es un juego -explicó la Locura- que consiste en que yo me tapo la cara y empiezo a contar desde uno hasta mil, mientras vosotras os escondéis. Cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentra ocupará mi lugar para continuar el juego.

El Entusiasmo bailó secundado por la Euforia. La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e incluso la Apatía, que nunca se movía por nada, se levantó del sillón.

Pero no todas quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse, ¿para qué iba a hacerlo si siempre la hallaban? Y la Soberbia opinó que este juego era muy tonto (en el fondo se sentía molesta de que esta idea no hubiera sido suya). La Cobardía tampoco jugó puesto que decidió que era mejor no arriesgarse.

Uno, dos, tres... comenzó a contar la Locura. La primera en esconderse fue Pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra que encontró. La Fe subió al cielo, y la Envidia se escondió tras la sombre del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto que había en las cercanías. La Generosidad no hallaba su lugar puesto que cada sitio que encontraba la parecía maravilloso para alguna de sus amigas a las que cedía el puesto. ¿Un lago cristalino? era ideal para la Belleza; ¿la rendija de un árbol? un lugar perfecto para la Timidez; ¿el vuelo de la mariposa? lo mejor para Voluptuosidad; ¿una ráfaga de viento? magnífico para la Libertad. Así que Generosidad acabó ocultándose en un rayito de sol.

El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado y cómodo, pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos, y la Pasión y el Deseo se escondieron en el centro de los volcanes. El Olvido... no recuerdo dónde se escondió, pero esto no es lo importante.

Cuando la Locura acabó de contar y empezó a buscar. La primera en aparecer fue la Pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a la Fe, discutiendo con Dios en el cielo; y a la Pasión y el Deseo se les sintió vibrar en los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y le fue fácil deducir que muy cerca se hallaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió de su escondite porque era un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed y, al acercarse al lago, descubrió a la Belleza. Con la Duda resultó mucho más fácil, puesto que la halló sentada en un tronco sin decidir aún hacía que lado dirigirse para esconderse. Así fue encontrando a todas, el Talento, entre la hierba fresca, a la Angustia, en un pozo oscuro, a la Mentira, en el fondo del océano y hasta el olvido, que ya no recordaba que estaba jugando al escondite.

Sólo el Amor no aparecía. La Locura buscó detrás de cada árbol, dentro de cada arroyo, en la cima de las montañas y, cuando ya se daba por vencida, divisó un rosal lleno de rosas. Tomó una horquilla y empezó a mover las ramas. De pronto se escuchó un doloroso grito. El movimiento de las ramas hizo que unas espinas hiriese los ojos del Amor. La Locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y , para compensarle de alguna manera, le prometió ser su lazarillo hasta que viera de nuevo.

El Amor recuperó la vista, pero desde aquella ocasión y sin saber porqué, hay momentos que no ve.

Desde entonces cuando el Amor se vuelve ciego, la Locura lo acompaña.


Gracias a M.

miércoles, 13 de junio de 2012

Amistad


Un día un chico de trece años paseaba por la playa con su madre. Hubo un momento en que la miró con insistencia y le preguntó:

- Mamá. ¿qué puedo hacer para conservar a un amigo que he tenido mucha suerte de encontrar?

 La madre pensó en unos momentos, se inclinó y recogió arena con sus dos manos. Con las dos palmas abiertas hacia arriba, apretó una de ellas con fuerza. La arena se escapó entre los dedos. Y cuánto más apretaba el puño, más arena se escapaba. En cambio, la otra mano permanecía bien abierta: allí se quedó intacta la arena que habia recogido.

 El chico abservó maravillado el ejemplo de la madre entendiendo que, sólo con abertura y felicidad, se puede mantener una amistad, y que el hecho de intentar retenerla o encerrarla, significa perderla.

lunes, 4 de junio de 2012

El fuego de la amistad


 Un hombre (Ali) que necesitaba dinero le pide a su jefe que lo ayude. El jefe lo desafía: si pasa una noche entera en lo alto de la montaña, recibirá una gran recompensa pero, si no lo consigue, tendrá que trabajar gratis.

 Al salir de la tienda, Ali vio que soplaba un viento helado, tuvo miedo y decidió preguntarle a su mejor amigo, Aydi, si no era una locura hacer esa apuesta.
Después de reflexionar un poco, Aydi respondió:
- Te voy a ayudar. Mañana, cuando estés en lo alto de la montaña, mira hacia adelante. Yo estaré en lo alto de la montaña de al lado, voy a pasar toda la noche con una hoguera encendida para ti. Mira el fuego, piensa en nuestra amistad, y eso te mantendrá caliente. Lo conseguirás y después yo te pediré algo a cambio.

 Ali superó la prueba, cogió el dinero y fue hasta la casa de su amigo.
- Me dijiste que querías que te pagase.
Aydi respondió:
- Sí, pero no con dinero. Prométeme que, si en algún momento el viento frío pasa por mi vida, encenderás para mí el fuego de la amistad.
A todxs ellxs que encendemos fuegos de amistad y, en especial, a aquellxs que me hacen ver los fuegos de la amistad.

domingo, 27 de mayo de 2012

Tranquilidad


 Un hermoso día en un parque, un joven papá empujaba el cochecito en el que lloraba su hijito. Mientras el papá llevaba a su niño por los senderos del parque, iba murmurando bajito y suave:

- Tranquilo, Jorge. Mantén la calma, Jorge. Está bien, Jorge. Relájate Jorge. Todo irá bien, Jorge, ya verás.

 Una mujer que pasaba por allí, se dirigió al joven papá y le dijo:

- Usted realmente sabe cómo hablarle a un niño perturbado... con calma y con suavidad. Realmente es admirable.

 La mujer se inclinó hacia el niño que estaba en el cochecito y le dijo tiernamente:

- ¿Cuál es el problema, Jorge?

 Entonces el papá dijo rápidamente:

- ¡Oh, no espera... Él es Daniel, Jorge soy yo!

viernes, 4 de mayo de 2012

Programa de trabajo dirigido a personas con dificultades para estar en pareja


1. Desarrollar nuestra capacidad de amar.
2. Abandonar la expectativa de perfección.
3. Encontrar el equilibrio entre entrega y privacidad.
4. Desarrollar la intuición para dejarnos guiar por ella y, a veces, por la de nuestro/a compañero/a.
5. Trabajar con las dificultaes de dar y recibir, conectados a las necesidades verdaderas.
6. Privilegiar los mensajes del cuerpo, las situaciones placenteras frente a las ideas de lo que "está bien".
7. Trabajar honestamente para ver hasta qué punto estamos dispuestos a dar lo que tenemos aunque nos cueste y no sólo lo que nos sobra, a cedes espacio y tiempo para la relación, a dejar el centro absoluto del universo.

martes, 24 de abril de 2012

Sueño / Fantasía - Ilusión - Deseo - Proyecto - Realización

Yo creo que todas nuestras acciones coherentes empiezan en un sueño, eso que vulgarmente llamamos fantasía y que se expresa así:

<< Qué hermoso sería... >>
<< Qué increíble podría ser.. .>>
<< Sería maravilloso... >>

Si nos adueñamos de esa fantasía y nos la probamos como si fuera una camisa, la fantasía se transforma en ilusión

<< Cómo me gustaría... >>
<< Me encantaría que... >>
<< Sería genial que yo pudiera algún día... >>

Si dejo que esa ilusión anide en mí, si la riego y la dejo crecer, un día la ilusión se vuelve deseo:

<< Quisiera estar en... >>
<< Lo que más deseo es... >>
<< Verdaderamente quiero... >>

Llegado a este punto, quizás sea capaz de imaginarme a mí mismo llevando a cabo ese deseo, haciéndolo realidad. En ese momento, el deseo se convierte en proyecto:

<< Voy a hacerlo... >>
<< En algún momento... >>
<< Pronto yo... >>

De aquí en adelante sólo me resta elaborar el plan, la táctica o la estrategia que me permita ser un fantástico mago que materialice la realización de mi sueño.

lunes, 23 de abril de 2012

Bailamos tango, mi vida


La decisión ya estaba tomada: iba a aprender a bailar tango. Es más, tenía que aprender a bailar tango. Y esta vez sí que iba a poner todo el empeño escatimado en tantos años de infructuosos intentos (desde los primeros balbuceos con mi padre hasta aquellas tentativas fugaces, pero llevas de vana ilusión, emprendidas con la ayuda de los abnegados "voluntarios" que alguna vez encontré en el camino). Y como esta vez estaba realmente dispuesta a llegar hasta el final, lo primero que tenía que hacer era asistir a clases como Dios manda (es decir, con profesor y todo). Así que, llena de voluntad, encaramada a mis zapatos de tacón, embutida en una falda acorde con las circunstancias y con la mejor de las sonrisas en el rostro, me planté en aquella sala de baile que tanto me habían recomendado mis amigas.
     Pero claro, como es imposible tanta dicha, como tanta perfección nos está prohibida...Como siempre...Faltaba algo. Miré, remiré y, por más que busqué, me encontré de nuevo con la eterna realidad delante de mis narices: sólo había cuatro hombres para veinticinco mujeres.
     Con todo y eso no estaba dispuesta a que mi voluntad se viera vencida una vez más. Y me lancé a la pista dispuesta a arrebatarle a cualquiera de las otras veinticinco mujeres alguna de las cuatro codiciadas presas. Sin embargo, a pesar de mi buena voluntad y de la mejor de las sonrisas, en una hora sólo pude capturar un compañero, y durante sólo cinco minutos. A aquel paso ni en dos años aprendería una sola figura (si es que antes no aparecían por la pista nuevas competidoras). Fue entonces cuando se hizo la luz en mi cabeza y lo vi todo con mucha más claridad: ¡Para algo se tiene un marido!
     Después de poner en juego mis mejores y más elaboradas maniobras de "manipuloseducción", conseguí arrastrarlo a la clase. Lo mejor y más increíble de todo fue que...¡Le gustó!

Clase primera

- Lo primero que vamos a aprender del tango es el abrazo -dijo Julio Horacio Martínez.
     Yo pensé que aquello no tendría mucha ciencia, porque abrazarse es algo que todos hacemos habitualmente de una manera espontánea. Qué se yo...Es algo natural, sin aprendizaje previo. Pero no. Al parecer, detrás del abrazo en el tango se esconde algo bastante más complicado.
     - En el tango, los cuerpos tiene que realizar un circuito de tensiones encontradas. El brazo debe estar firme, pero sin empujar. Las piernas en contacto, pero sin asfixiarse ni impedir el movimiento. Tengan ustedes en cuenta que en este baile el equilibrio no está en cada uno, sino en el centro de los dos, y si no se entienden pueden desestabilizarse. Tienen que aprender a comunicarse para poder disfrutarlo juntos.
     Entonces, mi marido me tomó en sus brazos, juntas las piernas, con una mano sujetándome de la cintura y manteniendo la otra levantada y firme, para servirme de apoyo. Hasta aquí, todo bien...En teoría. Si no hubiera sido porque su mano en la cintura me tenía suspendida en el aire, sus piernas juntas no dejaban que me moviera y su mano firme...Era tan firme que me atenazaba los dedos.
     - Tu mano debe ofrecer resistencia. De lo contrario te sientes empujada. No se puede bailar con un flan aunque tenga forma de mujer.
     Me había llamado "flan con forma de mujer". Eso fue lo que dijo...Y ahí termino la clase.

Clase segunda

- Hoy aprenderemos el paso básico, que son ocho compases. ¿Ven? Uno, dos, tres, cuatro, cinco...Y en el quinto, la mujer debe tener el peso del cuerpo en el pie derecho y entonces, con ese mismo pie, y cambiando el peso, ella sale hacia atrás y seguimos: seis, siete y ocho...¿Entendido?
     Dijimos que sí (no sin ciertos apuros) y empezamos a bailar: uno, dos, tres, cuatro, cinco...Uno, dos, tres, cuatro, cinco...Uno, dos, tres, cuatro, cinco...¡Nada! No había manera. Mi marido estaba empeñado en que yo hiciera el sexto con el pie izquierdo, pero no quería entender que lo tenía cruzado por delante.
     - ¡Me estás atropellando!
     - No, eres tú, que no retrocedes.
     - Pero, ¿cómo quieres que retroceda si tengo el pie en el aire?
     - Pues las demás lo hace...
     - Las demás lo hacen porque los demás lo marcan bien. 
     El profesor se acercó y se dirigió a él: Tienes que tener en cuenta dónde tiene ella el peso del cuerpo. Si no lo hacés, ella no puede salir. Mirá: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. ¿Viste?.
     ¡Qué bonito era bailar con alguien que me entendía! Reconocí que con mi marido me sentía impotente. me echaba a mí la culpa de sus limitaciones y no quería darse cuenta de que era totalmente imposible seguirlo.

Clase tercera 

- Hoy trabajaremos las articulaciones del paso básico. En el ocho hay dos tiempos: uno de entrada y otro de salida, tanto en el hombre como en la mujer. Se hacen alrededor de la pareja. El hombre puede optar por sólo darle el espacio o acompañar su movimiento...
     Por fin había llegado lo que yo estaba esperando: hacer esos firuletes tan bonitos, tan elegantes, tan sensuales...Salgo, entro, salgo...¿Qué pasa? De pronto estamos los dos haciendo fuerza para no caernos, a cuatro metros el uno del otro y a leguas de la elegancia y la sensualidad soñadas...
     - ¿Qué están haciendo? -Julio se acercó como una exhalación-. Queremos bailar tango, y están haciendo una lucha de sumo. Vení -le dijo a mi marido-. Ahora yo tomaré el lugar de tu pareja y te muestro qué hacés. ¿Ves? Si vos no me das espacio suficiente yo me lo voy a tomar de todos modos, aunque sea alejándome...

Clase cuarta

Aunque ya más o menos podemos movernos juntos, todavía nos cuesta mucho sincronizarnos. Después de haber trabajado con la pausa, hemos conseguido bailar un poco seguido, pero tras unos pasos engarzados a duras penas, vuelvo a tropezar con sus pies (o quizás sea él quien tropieza, yo ya no lo sé). Sea como fuere, mi marido me acusa de no escuchar lo que me dice, de bailar sola. Yo le repito que no sé qué es lo que quiere que haga...Pero parece que él tampoco me entiende.
     De nuevo Julio se acerca a nosotros para hablar con mi marido. ¿Es posible que no hay más parejas en la sala que bailen mal?
     - Si querés decir algo, primero tenés que contactar, llamar su atención. De lo contrario la invadís, la sorprenderéis y en esa incertidumbre no te va a entender. Llevemos esto al baile. ¡Mirá! Primero buscás su pie, la detenés y luego la hacés el movimiento. Si antes no conectás será difícil que ella adivine qué querés comunicarle. Como cuando querés hablarle, primero la llamás y sólo cuando ves que ella te escucha, hablás. De lo contrario, antes o después tendrás que gritar. Esto es lo mismo. Y vos -dijo dirigiéndose a mí- tené en cuenta que te llama tenés que detenerte y escucharlo. Si no, para que lo escuches, te va a gritar. Y si están bailando, te va a golpear. Lo voy a mostrar. Acerco mi pie al suyo; ella se detiene para escuchar. Hago el movimiento y espero a que ella me conteste. No lo olviden: al bailar están dialogando, nunca imponiendo. Uno habla y después de escuchar el otro contesta. Atención: sólo después de escuchar. Porque en el tango, como en la vida, si no me tomo trabajo de escuchar, voy a presuponer que sé lo que me van a decir, y nunca contestaré al otro. Así, el diálogo real deja de existir y se convierte en monólogo. Esto es lo que están haciendo, y esto no es bailar tango, que es una danza de pareja en la que cada uno improvisa de acuerdo con el movimiento del otro.

Clase quinta

Hoy no tengo ganas de ir a clase. En realidad, no tengo ganas de ir a ninguna parte. Yo no entiendo qué está pasando, pero siento que mi pareja se acaba. Desde hace tiempo discutimos por todo y no hay manera de poder hablar de lo que pasa. Son infinitos los reproches mutuos que impiden el diálogo. Es como si habláramos distintos idiomas y una dolorosa distancia, mezcla de rencor e indiferencia, se está clavando entre nosotros.
     Este silencio, no sé cómo ni cuándo empezó, pero crece cada vez más y parece imposible detenerlo. Nunca pensé que después de tanto tiempo de complicidad y cercanía llegaría el momento en que aún estando juntos no nos pudiésemos encontrar.
     Mejor me cambio de ropa y voy a clase, porque dándole vueltas a la cabeza no gano nada y si nos quedamos solos en casa, la distancia se hace insoportable.
     - Hoy no vamos a aprender ningún paso nuevo. Creo que es importante que sepan qué están haciendo. Si no entienden qué es bailar tango, si no entienden su significado, podrán hacer los pasos, pero nunca van a bailar el tango. El tango es una danza de pareja abrazada con un abrazo que es contención, no estrujamiento. Abrazar es dar con los brazos abiertos y el que da con los brazos abiertos recibe con todo el cuerpo. Así unidos, los dos integrantes se desplazan en el espacio, creado por los dos. Como dicen los Dinze: " El tango niega las matemáticas porque uno más uno no son dos, sino uno, que es la pareja, o tres, porque son él, y un tercer volumen. Uno o tres, ¡pero nunca dos!.
     Es un verdadero diálogo corporal y amoroso, donde los dos manejan la autodestrucción y dónde también hay momentos de silencio. Un silencio que necesariamente forma parte del diálogo, que lo enriquece si quieren, pero nunca lo anulan. En este diálogo, los dos pueden proponer, porque aunque uno tome la iniciativa del primer movimiento, según como sea la respuesta, ya sea por la velocidad, amplitud o dirección, es el siguiente movimiento. Por eso hay que aprender a vivir el error como posibilidad de enriquecimiento. 
     Si esto no hubiese sido así, el tango no existiría. No deben enojarse ante un fallo: busquen el contacto con el otro e intenten crear juntos. Finalmente, el tango también es una forma de autoconocimiento, porque así como en nuestra vida de relación -ya sea como amigo, amante o padre- conozco mi calidad de tal a partir del otro, en el tango puede ser un protector o un protegido, un dominado o un dominador. Puedo ser infinitamente tierno, violento o, tal vez, la mezcla de todo eso. Y mi pareja está ahí para mostrármelo. Esto que planteo no es fácil, pero sólo cuando lo entiendan podrán bailar y, además, de una manera distinta cada día: a veces con violencia, otras con ternura, otras en verdadera éxtasis, pero seguro que no interrumpirán la danza.

Mientras volvíamos caminando a casa, las palabras de Julio resonaban dentro de mí. Era como si las frases hubiesen tomado forma corporal y danzasen en mi cabeza, ocupándola, ordenándose, tomando armonía y sentido: "El abrazo es contención, no estrujamiento...Tomen el error como posibilidad...Si no le doy espacio a él, él se lo va a tomar...Mi pareja está allí para mostrarme cómo soy...El encuentro es diálogo, no imposición; el diálogo es escuchar al otro, no suponer; el abrazo es dar espacio, no atrapar;  el tango es dialogar, dialogar, dialogar...".

Hoy releo estos viejos apuntes. Los encontré en el cajón de una cómoda que había quedado en el sótano después de la mudanza. ¡Cuánto tiempo ha pasado!¿Diez años? Sí, creo que sí. En aquella época cumplíamos a duras penas dos años de casados y ya llevamos juntos doce. La crisis pasó y efectivamente los dos tuvimos que aprender a vivir juntos, así como aprendimos a bailar tango.
     Mientras leo estoy escuchando música y mi marido está terminando de arreglar el jardín. Por cierto, ya ha terminado. Veo que entra.
     Está sonando Danzarín.
     - ¿Qué estas haciendo?-le digo.
     - Estoy pensando que tengo muchas ganas de abrazarte...¿Bailamos un tanguito, mi vida?



Julia Atanasópulo García

jueves, 12 de abril de 2012

Amar y enamorarse

Quizás la expectativa de felicidad instantánea que solemos atribuirle al vínculo de pareja, ese deseo de exaltación, se deba a un estiramiento del instante del enamoramiento.

En efecto, en un primer momento el encuentro es pasional, desbordante, incontenible, irracional. Las emociones nos invaden, se apoderan de nosotros/as y durante un tiempo casi no podemos pensar en otra cosa que sea la persona de quien estamos enamorados/as y la alegría de que esto nos esté ocurriendo.

Estar enamorados/as nos conecta con la alegría que sentimos al saber que el otro existe. Nos conecta con la poco común sensación de plenitud.

Este estado no se sostiene mucho tiempo, pero queda inscrito como un recuerdo que sustenta la relación y que es posible recrear de vez en cuando.

Pasados algunos meses, la realidad nos invade y todo termina, o empieza la construcción de un camino juntos.
Cuando uno/a se enamora, en realidad no ve al otro/a en su totalidad, sino que el otro/a funciona como una pandilla donde el/la enamorado/a proyecta sus aspectos idealizados.

Los sentimientos, a diferencia de las pasiones, son más duraderos y están anclados en la percepción de la realidad externa. La construcción del amor empieza cuando puedo ver al que tengo delante, cuando descubro al otro/a. Es allí cuando el amor reemplaza al enamoramiento.

Pasados este momento inicial comienza a salir a la luz mis peores aspectos que también proyecto en él/ella. Amar a alguien es el desafío de deshacer aquellas proyecciones para relacionarme verdaderamente con el otro/a. Este proceso no es fácil, pero es una de las cosas más hermosas que ocurren o que ayudamos a que ocurran.

Hablamos del amor en el sentido de que <<nos importe el bienestar del otro/a>>. Nada más y nada menos. El amor como bienestar que invade el cuerpo y alma y que se afianza cuando puedo ver al otro/a sin querer cambiarlo.

Más importante que la manera de ser del otro/a, importa el bienestar que siento a su lado y su bienestar a mi lado, el placer de estar con alguien que se ocupa de que uno/a éste bien, que percibe lo que necesito y disfruta al dármelo: eso hace el amor.

Una pareja es más que una decisión, es algo que ocurre cuando nos sentimos unidos a otro/a de una manera diferente. Podría decir que desde el placer de estar con el otro/a tomamos la decisión de compartir gran parte de nuestra vida con esa persona y descubrimos el gusto de estar juntos/as. Aunque es necesario saber que encontramos un/a compañero/a de ruta no es suficiente: también hace falta que esa persona sea capaz de nutrirnos, como ya dijimos. Que, de hecho, sea una eficaz ayuda en nuestro crecimiento personal.

El amor es construye entre dos, sobre la base de una química, que hace que nos sintamos diferente, quizás por la sensación mágica de ser totalmente aceptados por alguien.

Enamorarse es amar las coincidencias,
y amar, enamorarse de las diferencias.


Amarse con los ojos abiertos
Silvia Salinas y  Jorge Bucay

domingo, 1 de abril de 2012

Ítaca


Si vas a emprender el viaje hacía Ítaca , 
pide que tu camino sea largo; 
rico en experiencias, en conocimiento. 
(...)
Ten siempre a Ítaca en la memoria. 
Llegar allí es tu meta. 
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años 
y en tu vejez arribes a la isla 
con cuanto hayas ganado en el camino, 
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te regaló un hermoso viaje. 
Sin ella el camino no hubieras emprendido. 
Mas ninguna otra cosa puede darte. 
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca. 
Rico en saber y en vida, como has vuelto, 
comprendes ya qué significan las Ítacas. 

martes, 27 de marzo de 2012

La mente cerrada

 Se cuenta que la gente de un pueblo de las Islas Británicas retó al gran Houdini, excelso prestidigitador y mago, a escaparse, en menos de sesenta minutos,de una cárcel a prueba de fugas que el municipio acababa de construir.

 Houdini aceptó el desafío. Le permitieron entrar en la cárcel en ropa de calle. Lxs observadorxs dijeron haber visto al cerrajero dar una vuelta extraña a la llave del cerrojo, pero dejaron que Houdini tratase de abrir desde dentro, la cárcel donde estaba encerrado.

 El mago había ocultado la barra de acero flexible que utilizaba para abrir cerrojos de su pantalón. Con la oreja pegada al cerrojo, trató de abrirlo por espacio de treinta minutos...45 minutos...una hora. Estaba sudoroso. Sintiéndose agotado al cabo de dos horas, se apoyó contra la puerta y, para su asombro,ésta se abrió. ¡No habían pasado el cerrojo! ¡Éste fue el truco que jugaron al gran artista!

 La puerta sólo estaba cerrada en la mente de Houdini. ¡Únicamente en su mente!


miércoles, 14 de marzo de 2012

Tenía una deuda


Tomás, de ochenta años, estaba cavando en el jardín trasero de su casa. Un vecino que le vio cavar, lleno de curiosidad, le preguntó:

- ¿Qué estás haciendo, Tomás?

- Voy a plantar cocoteros -contestó el octogenario.

- ¿Esperas llegar a comer los cocos que den estos árboles? -dijo son sorna su vecino.

- Probablemente no -fue su respuesta-, pero toda mi vida he comido cocos de árboles que no había plantado. Y esto hubiera sido imposible si otras personas no hubieran hecho antes lo que yo estoy haciendo ahora. Sólo estoy pagando la deuda que tengo contraída con ellas/os.

viernes, 9 de marzo de 2012

Estar en la Luna


Esta es la historia de una niña cuyo nombre comienza por A. Hoy en día, la niña de nuestro cuento es mucho más alta que entonces y su pelo es mucho más largo; pero su nombre sigue comenzando por A.
Pues resulta que A. vivía en una gran ciudad, rodeada de coches y edificios muy altos y gente que caminaba de un lado a otro con mucha prisa. Desde una de sus dos terrazas, A. divisaba los tejados de otras casas y toda la inmensidad de su ciudad, la cual le gustaba mucho y no cambiaría por ninguna otra.
A. era una niña muy tranquila y ordenada. Su habitación estaba pintada de amarillo y violeta y cuando se apagaba la luz, en el techo aparecían estrellas que brillaban en la oscuridad. La madre de A. apenas tenía que preocuparse por ordenar su cuarto, o hacer su cama o todas esas  cosas que se hacen a los niños pequeños, porque su hija siempre colocaba cada cosa en su lugar y jamás se le olvidaba hacer lo que tenía que hacer.
Pero ocurrió que una noche, A. se había quedado hasta muy tarde apoyada en la barandilla de su terraza, mirando las luces de las otras casas y escuchando el sonido de la ciudad que dormía. Cuando quiso darse cuenta, todos en su familia se habían acostado, y ella era la única que quedaba despierta. Así que entró de nuevo en su casa. Todo estaba a oscuras. Era la primera vez que A. lo veía todo tan negro y silencioso. Escuchó un grifo goteando en la cocina y ruidos que parecían venir de detrás de todos los muebles. Corriendo, atravesó el  pasillo y se metió en la cama.
Pasaron unos minutos, pero A. no podía dormir; tenía miedo. En una esquina de la habitación había una pequeña ventana que aquella noche se había quedado abierta. A. se dio cuenta de ello porque  empezó a tener mucho frío. Entonces abrió los ojos y todo el miedo que tenía desapareció de pronto, porque pudo ver un fino rayo de luz que entraba por la ventana y que lo iluminaba todo.
“Es un rayo de luna”, pensó A., y se levantó de la cama para asomarse. Allí en lo alto, colgando del cielo, vio como La Luna le sonreía, y casi sin quererlo A. se montó en el rayo y comenzó a levantarse del suelo. La ventana era bastante pequeña, por lo que le costó atravesarla, pero al final, A. se vio flotando en el aire, elevándose poco a poco. “¡Estoy volando!”, pensó…
En La Luna se estaba bien. Nada más llegar, A. miró hacia abajo y vio La Tierra como una pelota azul, pero no pudo distinguir su ciudad y mucho menos su casa. La Luna seguía sonriendo y A. también lo hacía, por lo que ambas se hicieron muy amigas. Jugaban juntas y el tiempo parecía pasar más rápido de lo normal.
Pero de repente A. se dio cuenta de que tenía que regresar. Tenía que ir al colegio, y su madre pronto entraría en su habitación para despertarla. “Gracias Luna, pero ahora me tengo que ir. Me gustaría volver a visitarte”,  dijo. Y siguiendo el mismo rayo que la había llevado hasta allí, pero en sentido contrario, volvió a su casa. Se puso muy contenta cuando volvió a ver las luces de su ciudad, y mucho más cuando distinguió por fin la terraza de su casa. Cuando volvió a entrar por la ventana y se metió en la cama, el rayo de luna desapareció silenciosamente y todo volvió a quedar a oscuras, pero se quedó dormida porque ya no tenía miedo.
Muchas otras noches, A. volvió a seguir el rayo de luna para jugar con su nueva amiga. La Luna no hablaba mucho, pero a ella no le importaba. Se llevó con ella muchos juguetes que tenía esparcidos por toda la superficie y  nunca se aburría.
A veces, La Luna era como una rodaja de melón y había menos sitio para jugar. Pero otras era como un enorme queso, y entonces A. corría  y corría alrededor y La Luna nunca se acababa. A. también se dio cuenta de que otras noches, su amiga nunca aparecía en el cielo por mucho que esperaba.
A. pensaba que nadie podría darse  cuenta de sus viajes nocturnos, pero una noche, antes de acostarse, su madre le  dijo: “Hace dos días que no has hecho tu cama”. A. se quedó sorprendida, porque ella nunca olvidaba lo que tenía que hacer. “Te  has olvidado los libros en el portal”,  dijo otro día la señora que vivía en la puerta de al lado. “Te estás volviendo una despistada”, le increpó una mañana su padre, viendo cómo se había puesto un calcetín de cada color.
A. comenzó a preocuparse, porque se dio cuenta de que algo le estaba ocurriendo desde que por las noches abandonara su cuarto a bordo del rayo lunar. Incluso un día estuvo a punto de olvidarse de que tenía que regresar a La Tierra, y su madre por poco la descubre.
Una noche en que La Luna parecía un enorme pan dorado, al que le faltaba un mordisco a un lado, A. explicó el problema a su amiga. “Yo antes no era tan despistada”,  dijo al terminar de hablar con un hilo de voz. La Luna seguía sonriendo y contestó: “No te preocupes. La razón de todo esto, es que cada día perteneces un poco más al mundo lunar y un poco menos a La Tierra. Y en La Luna no hace falta ordenar tu habitación, o hacer tu cama o acordarte de la hora a la que tienes que hacer algo. Ni siquiera hace falta acordarte de las cosas, porque aquí nada de eso importa.”
A. escuchaba muy atentamente toda aquella explicación. “¿Y qué puedo hacer ahora?”, preguntó. “Tendrás que dejar de visitarme tan a menudo, porque puede que algún día olvides que tienes que regresar,  y darías un gran disgusto a tus padres. Pero puedes venir de vez en cuando. Así pertenecerás sólo un poco al mundo lunar, y no te despistarás ni te olvidarás tanto de las cosas. De esta manera podrás volver a ser casi como eras antes. Yo siempre estaré aquí arriba.”, respondió La Luna por primera vez algo triste.
A. comprendió perfectamente lo que su amiga le había explicado, y pensó que sería mejor hacer lo que ella decía, para no dar ningún disgusto a sus padres. Se despidió con un abrazo muy fuerte y montó en el rayo de luz que le conduciría hasta su ventana…
Siguió visitando a La Luna de vez en cuando; siguió viajando en el rayo de luz y contemplando La Tierra como un precioso globo azul flotando a lo lejos. Y cada vez que se despistaba o su madre le regañaba por haberse olvidado de algo, ella sonreía y pensaba: “…pero yo conozco a La Luna”.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Inseguridad asfixiante



Un relato nos cuenta que un viejecito se hallaba sentado al lado de un camino, a unos kilómetros de un pueblo. Estaba cansado y sin fuerzas. Entonces, pasó por allí un joven que caminaba ligero.

- Buen hombre -dijo el viejecito-, debo ir al pueblo pero no tengo fuerzas. ¿Serías tan generoso de cargar conmigo y llevarme allí?

- Con mucho gusto -respondió el joven, viendo que el viejecito lo necesitaba realmente.

El joven se cargó el anciano en su espalda y éste le sujetó con fuerza. El viejo tenía tanto miedo a caerse y se sentía tan inseguro que, a medida que avanzaban, iba apretando más y más fuerte el cuello del joven. El chico intentaba decirle que aflojara, que se estaba ahogando, pero el viejo, en su desesperación, no le hacía caso. Después de unos minutos el viejo y el joven estaban en el suelo. El viejo había matado por asfixia el joven que había cargado con él.

De igual forma, la inseguridad posesiva, puede matar una relación por asfixia. Cuanto más queremos retener a una persona, cuanto más la aprisionemos, mayores serán las posibilidades de que se vaya o de que la relación se ahogue y agote al no poder respirar ni crecer.

jueves, 23 de febrero de 2012

Es parte del regalo


Es parte del regalo



Una niña en África, le dio a su maestra un regalo de cumpleaños. Era un hermoso caracol.

- ¿Dónde lo encontraste? -pregunto la maestra.

La niña le dijo que esos caracoles se hallan solamente en cierta playa lejana. La maestra se conmovió profundamente porque sabía que la niña había caminado muchos kilómetros para buscar el caracol.

- No debiste haber ido tan lejos sólo para buscarme un regalo -comentó.

La niña sonrió y contestó:

- Maestra, la larga caminata también es parte del regalo.

¿Cómo crecer?

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.

Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa
.
La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. 

Entonces encontró una planta, una Fresia, floreciendo y más fresca que nunca. El rey preguntó:

-"¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?"

- "No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".

Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a tí mismo.

No hay posibilidad de que seas otra persona ni  de tener otras circunstancias. No hay posibilidad de cambiar lo que no está en tu mano.

Puedes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por tí mismo, o puedes marchitarte en tu propia condena...



Gracias P.

lunes, 20 de febrero de 2012

¿Reflexión o tradición?


¿Reflexión o tradición?

  Se cuenta que en medio del patio de un cuartel militar situado junto a un pueblecito cuyo nombre no recuerdo, había un banco de madera. Era un banco sencillo, humilde y blanco.

  Junto a ese banco, las veinticuatro horas del día, los soldados se alternaban en una guardia constante, tanto nocturna como diurna. Nadie sabía por qué. Pero lo cierto es que la guardia se hacía. Se hacía noche y día, durante todas las noches, todos los días, y de generación en generación, todos los oficiales transmitían la orden y los soldados obedecían.

  Nadie dudó nunca, nadie preguntó nunca. La tradición es algo sagrado que no se cuestiona ni se ataca: se acata. Si así se había hecho siempre, por algo sería. Así se hacía, siempre se había hecho y así se haría.

  Y así siguió haciéndose hasta que un día alguien, no se sabe con certeza quién, quizás un general o un coronel curioso, quiso ver la orden original. Hizo falta revolver a fondo los archivos; y después de mucho hurgar se encontró: ¡Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días que un oficial había mandado montar guardia junto al banco, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca!